El Cine Doré y otras formas de aprender a vivir.

Hace poco más de una semana visité por primera vez el Cine Doré. Antes de acudir a la filmoteca, revisé la programación de septiembre y, para mi sorpresa, averigüé que se iban a proyectar un conjunto de películas de Manuel Gutiérrez Aragón para homenajear al cineasta por su vasta carrera profesional. Nunca antes había asistido a la sala para visionar un largometraje, pero la presentación de la primera proyección del ciclo a cargo del director y una de sus actrices fetiche, Ángela Molina, me impulsó a visitarla por primera vez.

El mercado que decora la calle de Santa Isabel y da paso a la majestuosa fachada de los cines, me cautivó desde un primer momento. Al cruzar la puerta de la entrada, el futuro espectador se encuentra con una amplia sala que recuerda levemente a un café clásico británico. Carteles de míticas realizaciones decoran las paredes y sillas de madera color ébano reflejan el desgaste que han sufrido a lo largo de los años por la acción de quienes se han sentado a conversar en ellas sobre el séptimo arte. Al mirar las mesas contiguas a la barra, me di cuenta de que el plano que en ese momento captaban mis ojos había sido capturado antes -en esa ocasión en blanco y negro- por Jonás Trueba en uno de sus primeros largometrajes: Los Ilusos.

Tras entrar en la sala de proyección, un acomodador nos condujo a la butaca. Después de sentarnos en la que nos correspondía -asistí con dos amigos cinéfilos- esperamos con impaciencia el comienzo del coloquio. Minutos después de nuestra llegada, apareció por uno de los pasillos que conducen a las primeros asientos Jonás Trueba. De nuevo, como en tantas otras ocasiones, compartimos un momento de figurada intimidad. No lo conozco, pero la supuesta conexión que encuentro entre numerosos hechos que me han ocurrido a lo largo de los últimos años relacionados con su misteriosa figura, me empujan a pensar que esa coincidencia es una epifanía del destino. Unos minutos después recorrió ese mismo corredor Ángela Molina, vestida con un traje negro con decoración floral que definía su elegante y sensual figura. Seguidamente, se acomodó junto al director y al productor de Demonios en el jardín (el film que se proyectaría a continuación) y con unos movimientos en los que moldeaba su larga cabellera al gusto, cautivó a todo el auditorio —que la observaba con un deleite inusitado.

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Entre tanto, analizamos con detenimiento la arquitectura de la sala y el azul intenso que cubre cada esquina. Con nuestras cabezas reposadas en la cabecera de los asientos; Jonás sentado unas filas más adelante escuchando con atención cada una de las palabras que pronunciaban los interventores; un hombre de mediana edad tomando notas en la trasera del panfleto informativo del ciclo de cine; los movimientos de Ángela todavía grabados en nuestras retinas, y decenas de personas aguardando con inquietud la iniciación del visionado: se apagaron las luces de la filmoteca.

Es ahí donde el cine y la vida se confunden, pues en realidad son una misma cosa, donde se puede encontrar su esencia. Como afirmaba Jean-Pierre Léaud en La mamá y la puta de Jean Eustache: “Para eso sirven las películas: para aprender a vivir”.

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Escrito por: Andrea Melgar.
Fotografía analógica por: Andrea Melgar.
@_andrea_melgar

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