El jazz y la literatura en la América de los cincuenta.

Hoy quería hablar sobre dos elementos indisociables a lo largo del siglo pasado: el jazz y la literatura.

El jazz nació simultáneamente en distintos puntos de Estados Unidos aunque su origen suele situarse en el río Mississippi. En sus ritmos se funde música religiosa, música folklórica norteamericana, canciones de origen africano y piano del ragtime. A principios del siglo XIX, los esclavos liberados se reunieron en Nueva Orleans y comenzaron a tocar en bandas de la ciudad sin ninguna formación musical previa. Eran composiciones improvisadas y que no contaban con partitura. Sin embargo, no fue hasta mediados de siglo cuando el jazz irrumpió en la literatura para fomentar la creación de quienes se dedicaban a la escritura.

El jazz ha servido de inspiración a artistas que usaban su aire improvisado para embriagarse de los frenéticos sonidos que desprendía aquella mezcla de instrumentos. Los poetas se reunían en bares en los que se tocaba jazz en directo para divagar sobre composiciones y formas artísticas y después expresar esas mismas discusiones que allí tenían lugar en hojas mecanografiadas.

Es cierto que cabría añadir la existencia de otro tercer elemento: la droga. Esta era usada por literatos para potenciar su esencia creativa y así no dejarse afectar por ninguna clase de censura que afecta al creador en estado normal. Bajo la influencia de narcóticos y siempre con jazz de fondo, los escritores practicaban la escritura automática, que consistía en dejar fluir sus pensamientos inconscientes, plasmándolos en un pliego de papel según brotaban de sus cabezas.

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Fotografía analógica por Andrea Melgar.

Algunos de los escritores que más se han logrado fundir con este modo de vida han sido los autores de la Generación Beat, formada por un grupo de jóvenes que vivieron a mediados del siglo XX en Norteamérica. Entre los máximos representantes de este movimiento se encuentran Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Lucien Carr o William Burroughs. Todos ellos se conocieron en la universidad de Columbia y, al hacerlo, se dieron cuenta de que sus aspiraciones estudiantiles nada tenían que ver con las de los chicos de clase media acomodada que asistía a esas mismas aulas. Compartían una visión del mundo libertina y alejada de los convencionalismos sociales que reflejaba la América capitalista de la posguerra.

Su idea de creación iba asociada con la espiritualidad, la idea meditativa del budismo y el fluir de pensamientos, razón por la cuál la religión tuvo un gran impacto en sus composiciones. Para conseguir esa vinculación con la naturaleza, recorrían toda Norteamérica en furgoneta experimentando el edén que para ellos suponía el camino. Su mochila se fundía con sus cuerpos para formar un solo ser y ellos, a su vez, se mimetizaban con las gentes que conocían y los parajes que recorrían.

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Jack Kerouac and Allen Ginsberg in 1959 / John Cohen.

Al terminar los viajes, contaban en extensas novelas a modo de crónica y en poemas de rima libre lo que habían vivido en la carretera. Una de las novelas que más refleja la integración del jazz, la droga, la religión y la naturaleza es On the road de Jack Kerouac. Fue escrita durante 20 días en un apartamento de Manhattan y mecanografiada sin márgenes ni párrafos en un rollo de papel que el propio autor denominó el rollo. Para escribirla, aunque por los antecedentes que preceden a Kerouac no parece que fuese así, no utilizó más droga que el café. Otra obra capital del movimiento es Howl de Allen Ginsberg, poemario que fue llevado a juicio por un sector conservador de la sociedad que aludía a su falta de rigor literario. La obra transmite con profundo fervor la descomposición de toda una generación por el efecto de las drogas y la decadencia que que Ginsberg percibía al recorrer las calles de Nueva York.

“Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas,

arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de un colérico pinchazo,

hipsters con cabezas de ángel ardiendo por la antigua conexión celestial con el estrellado dínamo de la maquinaria nocturna,

que pobres y harapientos y ojerosos y drogados pasaron la noche fumando en la oscuridad sobrenatural de apartamentos de agua fría, flotando sobre las cimas de las ciudades contemplando jazz,

que desnudaron sus cerebros ante el cielo bajo el El y vieron ángeles mahometanos tambaleándose sobre techos iluminados,

que pasaron por las universidades con radiantes ojos imperturbables alucinando Arkansas y tragedia en la luz de Blake entre los maestros de la guerra,

que fueron expulsados de las academias por locos y por publicar odas obscenas en las ventanas de la calavera,

que se acurrucaron en ropa interior en habitaciones sin afeitar, quemando su dinero en papeleras y escuchando al Terror a través del muro…”.

Así es como gracias al jazz podemos disfrutar de una de algunas de las mejores y más puras obras literarias del pasado siglo, hechas por y para el goce de los sentidos.

Escrito por: Andrea Melgar.