“No está mal para ser mujer”. Porque ni las más prestigiosas universidades lo pusieron fácil.

 

Harvard. Princeton. Columbia. Dartmouth. Pennsylvania. Brown. Cornell. Columbia. Yale. Tanto la fama y caché  de estas universidades como las películas americanas se han asegurado de que conozcamos bien el nombre de estas entidades, tengamos un bachillerato internacional, posibilidades de estudiar al otro lado del atlántico, residamos  a más de 12 horas de avión y lo más cerca que estemos de vivir el american dream sea picoteando palomitas o escuchando Lana del Rey. La renombrada Ivy League para nosotros “liga de la hiedra” y para todos la más exclusiva, elitista y prestigiosa institución educativa. Su reputación perdura desde la época colonial y pueden presumir de históricas y  firmar las orlas de Obama, Chomsky, Kerouac y hasta las de Jodie Foster o Natalie Portman.

Pero sólo el 7% de alumnos consiguen entrar en sus aulas. Su estricta política de admisión o leyendas de clubs privès las ha teñido de misterio y polémica: admisiones clausuradas a extranjeros, apellidos que valen más que cualquier nota media, presión y competitividad desesperante, becas limitadas y matrículas de más de $50,000 las deja con un sólo calificativo: inaccesibles. Y hasta más de 300 años después de su fundación, prohibidas para las mujeres.

Aunque en 1810 se decretó el derecho de educación universitaria a mujeres estadounidenses (en España se consiguió en 1910), estas Universidades de primera sólo abrían sus puertas a “los mejores y más brillantes”, y bajo ese argumento la mitad de la población no era bienvenida no por bajo coeficiente intelectual calificaciones o puntajes en exámenes, sino por  razones de género. ¿El argumento de la League? Permitir su entrada supondría bajar sus estándares. Así, la primera Ivy no admitió mujeres hasta 1977 y no fue hasta mediados de los 80 cuando Columbia, que permanecía en sus trece de “only for gentleman”, cedió. 

Aun así, el libro “Yale necesita mujeres” de la investigadora Anne Gardiner, publicado el pasado mes, recoge por primera vez testimonios de las jóvenes estudiantes que rompieron la barrera sexista en Yale en septiembre de 1969, y demuestra que, una vez dentro, el camino no fue de rosas. A las estudiantes no se les permitía almorzar en Mory’s, un club privado donde se celebraban reuniones importantes, tampoco participar en la mayoría de actividades extracurriculares, profesores de clases científicas o tecnológicas se negaban a aceptarlas en sus clases, y en las que conseguían acceder el 65% afirmó ser la única alumna. Comentarios machistas por parte de compañeros y por  de la propia administración -cuenta la autora que la nota en un examen venía acompañada por el comentario “No está mal para ser mujer”– eran parte de la rutina. El 16% reportó acoso sexual en una encuesta inédita por autoridades, y la universidad no tenía un sistema para reportarlo. Una cosa era dejarlas entrar, otra muy distinta era hacerlas sentir bienvenidas, integradas e igualmente representadas en la cultura masculina profundamente arraigada.

Las experiencias de estas pioneras narran un relato amplio sobre lo que sucede realmente cuando las instituciones dominadas por hombres tratan de diversificarse. En este caso, una historia poco escuchada en organismos académicos de los más celebrados. Como en muchos lugares de poder, costó permitir que las mujeres entraran. Tratarlas como iguales fue el siguiente paso.



Por: Raquel Bada

@badarei