Nada pasa, todo cambia: Así es el cine de Chantal Akerman.

 

Ver una película de Chantal Akerman significa sentarse con una misma en una habitación durante horas. Un autorretrato que nos obliga a ralentizar el tiempo y ubicarnos en un espacio en el que este no existe.

«No porque hayamos visto una cosa no se debe perder el tiempo en volver a verla. Al contrario, cuando se muestra alguna cosa que todo el mundo ha visto, quizás este es el momento en el que se puede ver de verdad por primera vez. Una mujer que pela patatas, tu madre, mi madre o tú misma» decía sobre el personaje de su película Jeanne Dielman (1975).

Akerman: directora, escritora y fotógrafa belga fue considerada una de las cineastas experimentales más relevantes del cine y del movimiento feminista del siglo XX y XXI junto a Agnes Vardá. A los dieciocho años, entró en una escuela de cine que más tarde abandonaría para empezar sus propios proyectos y canalizar así sus propias angustias y obsesiones, como se puede observar en su primer cortometraje Saute ma vie (1968) en la que se graba a sí misma extrañada, entrando en conflicto con las pequeñas labores del día a día.

Más tarde, presentaría Yo, tú, el y ella (1974) una película experimental de tres horas de duración que habla de tres momentos de la vida de Julie (interpretada por la propia Akerman). Una narración introspectiva en la que explora su identidad, su cuerpo y el de su amante. Sin embargo, si tuviéramos que hablar de la película más representativa de Chantal sería, sin duda, Jeanne Dielman (1975) que transgrede las narrativas convencionales del cine hasta la época. La directora profundiza en la vida de una mujer, confrontando y dotando de un significado diferente al espacio (la cocina) como lugar de frustración.

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A través del yo, del sujeto femenino, focaliza la mirada en la intimidad y la cotidianidad. Como espectadora, mira al mundo con cierto malestar, haciendo visible aquello que suele pasar desapercibido mientras el tiempo pasa por la imágenes y se apodera de ellas, dilatándolo y tornándolo pesado gracias a planos fijos y espacios cerrados, casi claustrofóbicos. Este ritmo lento y pausado es el refugio de su propia existencia y la reflexión sobre El Otro (La Bas,2005) en la que presenta a sus personajes o a sí misma en tránsito, descubriéndose en soledad como si de un cuadro de Hopper o una poema de Sylvia Plath se tratara. A medio camino entre el ser y el llegar a ser, donde el dolor y el aislamiento juegan un papel importante.

Podemos ver una retrospectiva de su cine bajo el nombre «Nada pasa, todo cambia» en el Museo Reina Sofia y en la Filmoteca del 4 de noviembre al 29 de diciembre. Además contará con la presencia de cineastas y demás teóricos del cine, así como de profesionales de la industria que trabajaron con ella como su directora de fotografía Babette Mangolt o su montadora.

Puedes encontrar más información sobre las proyecciones pinchando aquí.


 

Escrito por: Ana Sanz

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