Mujeres en el Prado: Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana.

Tan sólo podemos disfrutar de ocho cuadros pintados por mujeres en el Museo del Prado. Ocho. En un espacio donde nunca se le ha dedicado especial tiempo al talento femenino, llega la segunda exposición con mujeres como protagonistas, Historia de dos pintoras: Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana. ¿La primera? Fue dedicada a la bodegonista flamenca, El arte de Clara Peeters, apenas hace un par de años.

El Prado se une a la idea de que las instituciones deben reivindicar la obra y papel de las mujeres artistas que tanto la sociedad olvidó, como los museos dejaron en sus almacenes escondidas, como las universidades se olvidaron de incluir en sus libros. Es una labor más que necesaria.

El Prado decide enfrentar la obra de Sofonisba Anguissola, pintora renacentista cuya imagen refleja la “artista digna” con la rompedora boloñesa Lavinia Fontana. Aún así, tuvieron mucho en común: en vida consiguieron éxito y fama especialmente en su país natal, pero, tras su muerte, sus figuras se disolvieron hasta quedarse en un vago recuerdo. Sea como sea, el Prado ha decidido por fin dar justicia al talento y personalidad de estas dos grandes pintoras y nosotras venimos a hablaros un poquito más sobre estas rompedoras de estereotipos.

Sofonisba-Anguissola
Retrato de familia, Minerva, Amilcare y Asdrubale Anguissola (1557, Sofonisba Anguissola).

Sofonisba Anguissola venía de una familia de aristócratas “venida a menos” en Cremona. Mayor de seis hermanas, todas pintoras, y un hermano, su padre tuvo que lidiar con que su descendencia suponía un dote para cada mujer o entradas al convento. En pleno Renacimiento, su padre le otorga a ella y a sus hermanas educación en la pintura. Anguissola estudió ni más ni menos con los artistas Bernardino Campi y Bernardino Gatti. La adolescente destaca pronto y se convierte en una celebridad internacional: extraordinaria retratista y adelantada a su época, destaca por el estudio psicológico de los modelos. 

Su fama llega a oídos de la corte madrileña donde es reclutada y vive durante una década: fue dama de compañía y maestra de pintura de la tercera esposa de Felipe II, Isabel de Valois. Debido a su alta posición (ser dama de compañía era un gran honor) no cobraba por sus obras, solamente aceptaba valiosos obsequios, y no acostumbraba a firmarlas. Por ello sus retratos han sido atribuidos de forma errónea a otros artistas como el retratista oficial de la corte, Alonso Sánchez Coello, u otros pintores como Tiziano o El Greco. El no conocer la autoría de las obras ayudó a que marchantes del siglo XIX pudieran atribuirlas a pintores más cotizados. Tal era su talento que incluso se le pide a Sánchez Coello que haga copias de obras que ella realizó. Estas capacidades pictóricas ayudan a mejorar socialmente su propia imagen y la de su familia.

Felipe II le concertó un matrimonio de prestigio con el príncipe de Paternò, tenía ya 35 años, una edad para casarse fuera de los cánones de la época. Su marcha de España y vuelta a Italia nos difumina su historia. Su obra creada en España se pierde en el olvido, su figura desaparece.
Su marido fallece pocos años después de casarse y decide abandonar Sicilia y volver a su hogar, pero durante el viaje se enamora del capitán de la galera, más de quince años menor que ella. Sin esperar la autorización del rey Felipe -que igualmente siguió protegiéndola y contando con su colaboración pictórica-, decide casarse con él.

Nuestra talentosa artista se retira a Palermo donde es consultada por ilustres artistas. Aquí la visita el gran Anton van Dyck, que la retrata en su cuaderno de viaje a sus 96 años, con su genio, su inteligencia y su capacidad de discutir aún sobre la pintura.

Sofonisba se convierte en un modelo y referente para todas las artistas que llegan tras ella, la pintora que intrigó con su arte al mismísimo Miguel Ángel se vuelve mito de mujer artista.

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Minerva desnuda (h. 1604-5, Lavinia Fontana).

Lavinia Fontana nace en Bolonia, importantísimo centro cultural que se abre a cierto progresismo: las mujeres, muy lejos de gozar de igualdad, pueden ir a la universidad y estudiar. Nace en una familia de artistas cosmopolitas: su padre era pintor de la escuela de Bolonia, Prospero Fontana. El padre pronto percibió el talento de hija y decidió formarla: desde pequeña aprende el oficio al estilo manierista y comienza a hacer retratos que la dotan de cierta fama, convirtiéndose en una autora respetada que trabaja codo con coco con artistas masculinos y que puede vivir de sus propios ingresos.

Esta pintora rompió con la brecha de género como ninguna. A pesar de los ideales entorno a el honor, decencia y virtud de las mujeres que se quedaban en casa, Lavinia fue la primera mujer que abrió y regentó su estudio propio, toda una proeza para aquella época. Su esposo Gian Paolo Zappi era también pintor, pero no tenía el talento que ella poseía y decidió ayudarla en la conciliación: él se encargaría de la casa, de cuidar a sus 11 hijos y de asistirla en todo lo que necesitase en el taller. Esto no sólo supuso una gran ayuda para conseguir el prestigio que ella se merecía, sino que el marido de Fontana fue objeto de burla por ocupar una posición en la relación que, incluso en la actualidad, hay hombres que se niegan a tener la “titular” del matrimonio era ella y él estaba al soporte de sus necesidades tanto en las tareas domésticas como en el taller, siendo consciente de la valía de su esposa.

La gran referente de esta pintora boloñesa es Sofonisba Anguissola, a la que admira y por la que se deja influir con algunos de sus detalles al crear: como los suntuosos ropajes o los colores fuertes y brillantes propios de la Escuela Veneciana. Aún así, decide ir un paso más allá, creando un gran escándalo: mitología y desnudos, con obras de gran formato. Los desnudos en aquella época eran algo impensable para una mujer, no podían recibir lecciones de anatomía por indecoroso e inapropiado. Ella no sólo ignora este terreno vetado por las mujeres, sino que desarrolla una gran capacidad de invención para las composiciones mitológicas: la presencia de detalles como joyas, velos o transparencias refuerzan la sensualidad de los cuerpos.

Esta temática no impide que su intensa actividad case con otros ámbitos. Su gran éxito desembocó en ser pintora de la corte del Papa Clemente VIII, consiguiendo así labrarse una carrera en Roma bajo su mecenazgo. Allí pintó el retrato de Camillo Borghese cuando se convirtió en el Papa Paolo V, en 1605. Fontana y su familia vivieron en Roma hasta que falleció en 1614. Durante esta época era llamada «la pintora pontifica».

Considerada la primera mujer artista que cobró por su trabajo, Lavinia Fontana posee la mayor producción de una mujer con anterioridad al siglo XVIII. Sin duda, un gran ejemplo para todas las mujeres por ser una adelantada a su época, casi incluso a la nuestra.


 

Escrito por Loga Tréclau
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