Bettina Von Arnim y La inmortalidad

En 1785 nació en Alemania Bettina Von Arnim. A los veintiséis años, se casó con el poeta que le dio su apellido y, tres meses mas tarde, ambos se alojaron en casa del matrimonio Goethe. Mucho más importante que la vida de Bettina o su obra, es aquí la relación que ella tuvo con la inmortalidad a través del poeta alemán; sin embargo, no me refiero a su marido, sino al escritor de Fausto.

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Bettina conoció a la madre de Goethe y, por medio de ella, llegó al poeta; con el que se comunicó durante largo tiempo a través de cartas. Además, tuvieron varios encuentros en la ciudad alemana de Weimar. Milan Kundera, un autor de origen checo que vivió la mayor parte de su vida en París, escribe su libro La inmortalidad, la entramada relación entre ambos personajes. Kundera, de manera constante, relaciona el deseo de Bettina de acercarse a Goethe, no como un acto de amor, sino como un arrebatador deseo de alcanzar la inmortalidad que, a sus sesenta y dos años, ya había conquistado el escritor. Tras su muerte, Bettina decide recopilar toda la correspondencia que se habían ido intercambiando a lo largo de los años y reunirla para publicarla en un compendio bajo el nombre de Intercambio epistolar de Goethe con una niña.

No obstante, lo que de nuevo quiero resaltar, no es la calidad artística de la obra de Bettina, pues la mayoría de las cartas recopiladas están modificadas tanto en fecha como en contenido con el objetivo de que el conjunto cobre mayor sentido, por el contrario, quiero aludir a ese deseo exacerbado de inmortalidad en ellas.

Bettina expresó en más de una ocasión sus ideas en pro de la mujer y, al leer este maravilloso entramado que el escritor checo plasma con tanta elegancia, nos damos cuenta de que Bettina además de su ansía por la inmortalidad,  ansiaba rebelarse. Y bien, ¿por qué digo que Betttina quería la inmortalidad? ¿Cómo la podía obtener a través de Goethe? Y, por último, ¿de qué manera consiguió Bettina rebelarse como mujer?

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Bettina quería la inmortalidad, pero no la física, sino una mucho más importante y, al mismo tiempo, con una menor trascendencia terrenal e inferior levedad: la inmortalidad reflejada en el eterno recuerdo de las generaciones que procederían a los románticos. Es por esto que se aproximó a la figura de Goethe. La diferencia de edad, sin embargo, no supuso ningún impedimento para Bettina, quien se acercó con la ligereza de una niña y la rotundidad de una mujer al escritor. Dado ella tenía muy presente que su obra había alcanzado los umbrales de la inmortalidad, consideró su acercamiento a Goethe como un medio para alcanzar la perpetua evocación. Bettina actuó con profunda inteligencia: puede pensar que un escritor famoso y con prestigio de una edad tan avanzada puede actuar con mayor cautela y sacar partido a la inocencia de una joven, sin embargo, aquellos que subestimaron el poder de la enajenación femenina, se equivocaron al tener en cuenta la influencia de sus acciones.

 

Es en este punto donde Bettina se manifiesta como una mujer decidida, pues si se mira la historia con cierta perspectiva, se puede apreciar como ella alcanza sus aspiraciones pese a la exasperación del escritor: el reconocimiento de su primer libro basado en la correspondencia entre ambos. Ahora cabe preguntarse, ¿por qué esa irritación del poeta? Pues bien, ella se aproximó a Goethe con, en un principio, claras intenciones amorosas. En 1809 Bettina le escribió en una carta lo siguiente: “Tengo la firme voluntad de amarte hasta la eternidad”. Puede confirmarse aquí su palpable propósito amoroso, sin embargo, Kundera desmonta toda esta relación y la vuelve a aproximar la reflexión a la inmortalidad: “Lean con cuidado esta frase aparentemente trivial. Muchomás importantes que la palabra amar son en ellas las palabras eternidad y voluntad”. No voy a seguir manteniéndolos en tensión. Lo que había entre ellos no era amor. Era inmortalidad”

 

Por último cabe añadir que puede extrañar que Bettina pensase con un deseo tan incipiente a tan corta edad, pues bien, como de nuevo aclara Kundera: “En la inmortalidad se piensa desde la infancia. Bettina formaba parte además de la generación de los románticos, que estaban deslumbrados por la muerte desde el día en que vieron por primera vez la luz del mundo. Donde está la muerte está también la inmortalidad, su compañera, y los románticos la tuteaban, con el mismo atrevimiento con que Bettina tuteaba a Goethe”.

 


 

Por Andrea Melgar

 

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