Julieta Capuleto: más allá del mito romántico.

 

Romeo y Julieta. William Shakespeare. Poco más hay que decir para evocar a imagen por excelencia del mito romántico. Chica conoce a chico en una fiesta, y en solo minutos de primer contacto, de la nada, ambos se enamoran con locura y se oponen a sus familias con tal de estar juntos hasta la infinidad, siempre de la manita, y empalagándose a besos tiernos todo el rato.

Año tras año, siglo tras siglo, dicha historia nos ha sido transmitida con el mismo tono cursi y superficial de película mala de serie B, mediante traducciones horribles e incomprensibles que, no nos engañemos, nadie lee en el instituto ni por obligación. Un texto manoseado sobre lo manoseado, y vuelto, y vuelto a manosear, que ha introducido en nuestro imaginario común un estereotipo falso, infantilizado y ablandado, de quién es en realidad uno de los primeros personajes femeninos complejos de la historia de la literatura universal.

Julieta Capuleto. Catorce. Catorce años. Niña o no tan niña que, para empezar, sigue su imperante impulso de amar a un hombre que no es otro que el enemigo de su familia, que ve más allá de la etiquetas que mantienen a una sociedad apática quebrada en dos, es como mínimo, un corazón valiente. Una Julieta que no acepta que le juren por la luna, es de todo menos tonta. Una mujer que, no solo se casa en secreto con su enemigo, sino que idea el fingimiento de su propia muerte para poder escapar de su familia y reunirse con Romeo, es denota inteligencia. Una hija que rechaza las imposiciones de su familia, que se enfrenta a su propio padre porque, oye, amo a quién a mí (y no a ti) me da la gana, es como mínimo, mínimisimo, una rebelde.

Alguien que prefiere morir a vivir arrodillada ante una vida que no es la que le pertenece, que escoge no escoger otra cosa que lo que es su verdadera elección, si ante algo se está arrodillando, es ante su propia dignidad como ser humano.

Una Julieta de hoy en día, acorde a nuestros tiempos, sería quizá la hija de ultraderechistas enamorada de un republicano, o quizá la niña educada en la homofobia enamorada de una mujer. Sería quizá una reina abandonando su trono, o una de esas mujeres que protestan en los congresos con sus pechos libres, libres, al aire. Sería una libertaria. Una de esas que provocan un miedo terrible a los políticos, a los maridos, a las vecinas. Porque hay que situarse en un lugar muy puro, casi ingenuo, para lograr comprender a un corazón revolucionario, cuya naturaleza transgresora juega en otra liga distinta a la de las ideas, los pensamientos y la cultura.

 


 

Por: Paula Chicote

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