Camille Claudel: ¿la artista que superó a Rodin?

Camille Claudel Camille Claudel

A la pequeña de los Claudel no le gustaba jugar con muñecas. Prefería hacer formas con el barro y esculpir con arcilla. Camille Claudel, de tez pálida y ojos afilados, soñaba con figuras de escayola y con sus manos generaba vida y arte. Su padre supo que no debía pasarla por alto, ser una futura mujer-de y atender las labores cotidianas sería un mundo demasiado estrecho para su hija. Se negaba a ser culpable de ignorar y desestimar el talento que poseía. Deseaba para Camille una independencia atípica para la época, y en cierto modo lo consiguió. Desarrolló su don para la escultura a la derecha de los mejores: Paul Dubois, Alfred Boucher y por supuesto, al lado del escultor Auguste Rodin. Fue su relación, primero creativa y pronto tormentosamente pasional, la que le dio alas para crecer y después la hundió en lo más profundo cuando el maestro -para ella, su mitad- se las cortó de raíz. Muchos historiadores afirman que algunas de las renombradas obras de Rodin tenían más huellas de Claudel que él mismo, sólo faltaba su firma. Fue la mejor escultora de su tiempo. Pero a ella eso no le importaba, al final de sus días el desamor y la frustración por verse abandonada y relegada por su amante, pudo más que el arte.

A Camille Claudel el término discípula se le queda pobre, dicen que ni siquiera conocía la obra del Auguste Rodin cuando fue aceptada en el taller femenino de la Academia Calorassi de París. En 1881 las mujeres no podían estudiar Bellas Artes. El maestro la descubrió fruto de una sustitución como profesor, y quedó impactado por la semejanza entre el carácter de las figuras de la precoz estudiante de 19 años y las suyas. Se encontró frente a frente con su alter-ego creativo. El autor de El beso admiró las primeras obras terminadas de Camille, como La vieille Hélène, cuya expresividad y fuerza psicológica impresionaba al estar realizadas por una chica de 17 años sin apenas formación. Así, el profesor se obsesionó con el talento de  la alumna, y poco más tarde la seleccionó como su ayudante.

El vals - Camille Claudel
El vals – Camille Claudel

August y Camille olvidaban el reloj en el estudio de este. Compartían bocetos, ideas y ella solía terminar la mayoría de sus obras. Manos, pies y curvas en cuerpos estáticos que transmitían todo lo contrario: pasión y movimiento.  Además, la que en su niñez  obligaba a su familia a posar para ella largas horas, se convertía también ahora en musa y modelo  para la persona a la que más podía admirar. Su silueta es la protagonista de Galatée, Saukountala y era la inspiración detrás de El beso o Ídolo eterno, esculturas que llevaron a Rodín a experimentar con contornos sensuales, siendo ahora de las más celebradas.

Pero el papel de Camille como musa sólo era casual, consecuencia de la intensa y creativamente insaciable relación que ambos compartían. Su lugar, era el de artista. Tal era la fusión y armonía entre ambos en esta etapa, que la autoría de Rodin en muchas  obras terminadas, a día de hoy se pone en duda. Sus creaciones se entremezclan.

Sin embargo, en el s. XIX  la historia era otra: los expertos cuestionaban si las que firmaba Camille eran efectivamente suyas, o de su pareja y tutor. La amenaza y negativa a aceptar que el trabajo de una mujer estaba al mismo nivel que el de un hombre, les llevaba a la especulación y la censura. El deseo y erotismo que inspiraban a Camille también eran motivo de crítica. Vistos como inmorales, le resultaba complicado y agotador conseguir apoyo económico de  mecenas o afianzar clientes. Aun así, no cesaba de abordar diferentes temáticas mitológicas y emocionales, esculpiéndolas con materiales complicados como el alabastro o el ónice.

No fueron las habladurías ni el hecho de ver su carrera cuestionada lo que desencadenó la espiral de inestabilidad emocional y oscuridad. Todos los datos apuntan a su amante como culpable. El vínculo sentimental de Auguste con otra mujer, Rose Beuret, quien además representaba la antítesis de Camille: reservada, tímida, sin inquietudes artísticas y dedicada al hogar. Era la madre del hijo de Auguste y durante años él había titubeado entre ambas relaciones. Camille se impacientaba ante las temerosas promesas de Rodin por formalizar su eterno idilio, pero algo le frenaba a dar el paso. Camile era inspiración y amor frenético, mientras que Rose era quizás el hogar. Su desolación por la que para ella era una incomprensible relación la llevó a separar definitivamente su camino del de Rodin. Abandonó el taller, construyó el suyo propio y volcó su desahogó en La edad madura o La implorant, obra  que representa a una muchacha abandonada, suplicando de rodillas a un hombre erguido, impasible ante su plegaria, dándole la espalda huyendo con una figura grotesca.

La Implorante - Camille Claudel
La Implorante – Camille Claudel

A día de hoy, las fuentes no se ponen de acuerdo sobre el comportamiento de Rodin tras su ruptura, si en efecto se olvidó de Camille o la cuidó desde la sombra, recomendándola a marchantes, galerías y críticos. Al contrario, hay quienes defienden que fueron sus manos las que destruyeron gran parte de la obra de su ex amante, y se encargó personalmente de que la suerte no llamara a las puertas de su estudio.

La realidad es que, sin señalar responsables, la fuerza interna de su escultura se iba desdibujando, y el retrato que heredamos de ella es oscuro, solitario y devastador. Encerrada en su taller negándose a recibir a nadie ni ser acompañada, Camille naufragó en una profunda depresión. Su sufrimiento y actitud errática suponía una vergüenza para la familia Claudel, y tres días después de la muerte del que era su único apoyo, su padre, la encerraron contra su voluntad en el manicomio de Montdevergues. A pesar de los diagnósticos positivos de la evolución de Camille, y los informes estudiados en los que médicos afirmaban que sí se encontraba en condiciones de salir del centro, Paul Claudel, poeta y hermano de la artista parecía oponerse irracionalmente a ello. Atada y presa de un destino que ella no controlaba, Camille vivió el resto de sus días bajo llave, en un lugar que no correspondía a su cuerpo y alma, y enterrada pero no olvidada, en una tumba sin nombre.


Por: Raquel Bada 

@raquel.bada

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