Graciela Iturbide o hallar lo poético-erótico en naturaleza.

graciela iturbide

Cuando se le pregunta sobre Oaxaca, Graciela Iturbide no puede dejar de pensar en la relación poético-erótica que la gente de Juchitán tiene con la tierra. No es casualidad. Iturbide ha advocado casi la totalidad de su obra a una penetración profunda del suelo oaxaqueño: a su gente, a sus textiles, a sus animales, sus joyas, sus formas. Pareciera recopilar una biografía que nadie sabe contar, y que trata más bien de cómo se desarrollan las cosas en el aire pausado de Juchitán, en donde las mujeres se coronan con iguanas, y las telas de sus faldas resplandecen con el polvo que alzan al caminar.

Fue inicialmente por un encargo del Archivo Etnológico del Instituto Nacional Indigenista que Iturbide se interesó por las comunidades indígenas del país. Originalmente, se le había comisionado fotografiar al pueblo Seri, que se caracteriza por ser un grupo nómada aún de pescadores en el noreste mexicano. Después de publicar el trabajo, Francisco Toledo la invitó en 1979 a un proyecto similar, en el territorio zapoteca de Oaxaca. Fue entonces que ingresó a la zona del Istmo de Tehuantepec, y se encontró de lleno con el carácter místico y festivo que anima a la región.

"Pájaros en el poste" Graciela Iturbide
“Pájaros en el poste” Graciela Iturbide

El proceso de creación de Juchitán de las mujeres (1989) habla mucho del compromiso artístico al que Iturbide se sometió para llevar a cabo el fotoensayo. No sólo se interesó profundamente por las tradiciones originarias oaxaqueñas, sino por el papel fundamental que las mujeres juegan en las dinámicas cotidianas de las comunidades marginales. En lugar de entender el mundo desde un hetero-patriarcado rígido, pareciera que las pobladoras de Juchitán se insertan en la mística milenaria desde la mirada femenina: son ellas las que llevan la casa, pero también las que se encargan del trabajo y de los procesos ceremoniales típicos de la región.

En 200 fotografías —de las cuales, aquí se rescatan solamente el 5%—, Iturbide permite apenas un asomo de la ternura con la que las madres mecen a sus hijos, la tranquilidad de las sonrisas de mujeres robustas, del diálogo del entorno con sus pobladores, que parecen tejerse a sí mismos en la tierra con su caminar pausado. En Juchitán no es raro encontrarse a especies endémicas de serpientes en la cocina, como tampoco lo es hacer coronas con otros reptiles vivos. Pareciera que la naturaleza responde suavemente a los estímulos religiosos con los que los pobladores la integran a su cotidianeidad, desde las aves de sacrificio hasta los perros sin raza que deambulan de casa en casa, como si fueran de todos (y a la vez, sin dueño).

"El tiempo, la vida, la muerte" Graciela Iturbide
“El tiempo, la vida, la muerte” Graciela Iturbide

No puede dejarse de lado la naturalidad con la que las mujeres juchitecas dejaron que Iturbide las retratara desnudas. Ya fuera en medio de un baño improvisado, o desde la intimidad de sentarse al sol en el campo, sin ropa. Las pobladoras de Juchitán recibían la cámara con la misma candidez cálida vestidas en sus trajes típicos que amamantando a sus hijos. En las fotografías hay ternura, hay paz, hay una unión espiritual entre las personas, que parece reverberarse entre los hilos de sus huipiles ceremoniales. Ahí, las mujeres no tienen empacho en tomar cerveza en las cantinas del pueblo, ni en demostrar que son físicamente más capaces que los hombres regionales.

Es una práctica común, incluso hoy, que los hombres más jóvenes de las familias adopten el papel de muxes: varones dedicados al cuidado de los ancianos, que se visten con ropa típica de mujer y adoptan las tareas domésticas. De una manera tangencial, Ituribide los incluyó como parte de la dinámica femenina que predomina en el territorio juchiteco. Diezaños después, las fotografías se reunieron en una misma compilación gráfica, que Elena Poniatowska tituló así: Juchitán de las mujeres.

 


 

Por: Andrea Fischer