El amar en los tiempos del cólera: el mito romántico.

 

“…Así pues, una vez que la naturaleza de este ser quedó cortada en dos, cada parte echaba de menos a su mitad, y se reunía con ella, se rodeaban con sus brazos, se abrazaban la una a la otra, anhelando ser una sola naturaleza…” – Aristófanes

 

La necesidad de ser la mitad-de impregna desde los remotos tiempos de la Grecia Clásica cuando Aristófanes, en uno de los muchos filosóficos Banquetes de Platón, planta la primera semilla sobre las almas gemelas y el amor cortés. Varios de los asistentes son invitados a ponerse de pie y dar su versión de lo que es el amor, su función y origen.  Cuenta el mito que el de Atenas, durante esta pletórica fiesta al más puro estilo greco-Gatbsy, expuso la explicación sobre el por qué los seres humanos sentían esa desazón por emparejarse. Así, relata que los seres humanos éramos originalmente criaturas con cuatro brazos, cuatro piernas y una sola cabeza con dos caras. Había combinaciones hombre-hombre, mujer-mujer y hombre-mujer. Éramos tan perfectos que tuvimos la osadía de retar a los dioses. Tan completos, que Zeus se sintió amenazado por nuestra existencia, y la solución fue partirnos en dos. Dejarnos cojos de alma, cuerpo y corazón, convirtiéndonos en eternos vagabundos, buscando sin brújula y con anhelo la parte gemela que nos faltaba.

¿Qué vino antes, el huevo o la gallina? ¿el deseo, la búsqueda de tu reflejo en el alma de otro, o la concepción de pareja?. Como diría Machado “a preguntas sin respuesta, ¿quién te podrá responder?”. Los vaivenes de este último año en arenas personales – a veces he llegado a desear la vejez sentimental, el apaciguamiento y la paz emocional-  me han llevado a leer demasiado sobre el amor, a preguntarme si existe la combinación correcta para poder vivir con la piel de gallina, pasionalmente, sin caer en el tan censurado hoy en día:  amor tóxico. Y admito que cuando he llegado a rozar ligeramente el equilibro – sólo rozarlo, porque no sé si alcanzarlo es imposible pero sí absurdamente complicado- he echado de menos los altos, el frenetismo y el pico de dopamina que genera la entrega total. La exclusividad con todos sus claroscuros.

Quizás la imagen de alma gemela arraigada en nuestro subconsciente colectivo desde hace millones de años, hace que a veces luchar contra la idea de predestinación cause más lágrimas que calma. Por qué no admitir y aceptar que a veces deseamos la exclusividad, la pertenencia del uno por el otro o sencillamente, la cena íntima con rosa en el florero. Me encantaría hoy poder reivindicar el  individualismo, el amor a uno mismo y la soltería, predicar que no tiene importancia quedarse un 14 de febrero escribiendo al lado de la estufa para dar algo de compañía al frío.

Engañarse es de sabios pero admitirlo de valientes, más en una era en la que se promueven y nos llueven planes de San Valentín para uno. “Lo que necesitas es amor” ha quedado desterrado por juicios y lamentablemente, realidades. La necesidad se censura y no está bien vista.  Aun así, yo hoy no quiero desgarrarme por ser la mujer fuerte, al menos la que pretenden que sea este 2020. La seguridad, la entereza, también está en confesar y respetar esa parte de ti de la que quizás, no te sientes tan orgullosa. Estudiamos como destruir el mito, generador de violencia, de tormentos e injusticias, de celopatías, estereotipos, de dependencia emocional y de querer más al otro que a ti, del anti-individualismo. Creador de expectativas irreales: el ideal de que tú y sólo tú eres la única, la utopía en la que tu pareja te antepone a su trabajo, a sus gustos personales, incluso a tus dudas y miedos.  A fidelidad, pero no sólo a la carnal sino al respeto y cohibición en todos sus ángulos.

Algo importa que sea 14 de febrero. Hay partes de ti misma que es mejor no criminalizar. Quien diga que no lo comprende, puede echar  la primera piedra. Esta noche no pretendo esforzarme por demonizar la vena romántica con la que me bato en duelo interno minuto a minuto. Porque siendo realistas, no hay hueco este mes, ni lo habrá el que viene, para reclamar el sentimentalismo. No reivindico el romanticismo como respuesta, porque amar probablemente sí sea la aceptación constante, la confianza plena, liberarse del control y en definitiva: la ausencia de miedo. Pero  a mi me enseñaron querer y sufrimiento comparten ADN, y aunque repita toda la teoría y sepa qué es lo sano, para que esas lecciones pasen de la cabeza al corazón hace falta más tiempo del que se habla. Roma no se construyó en un día: y no pasa nada. No son buenos tiempos para el amor, al menos con el que yo he crecido,  y por eso, aunque sea sólo hoy,  quiero cederle la palabra.



Este artículo integra la serie El amar en los tiempos del cólera, en la que su autora se plantea cómo amar (y si es posible hacerlo) actualmente,  apoyándose  en la mirada de otros artistas  además de en la suya propia.

Escrito Por: Raquel Bada