El amar en los tiempos del cólera: Parte I

 

El amar en los tiempos del cólera: Parte I

 

“Le enseñó lo único que tenía que aprender para el amor: que a la vida no la enseña nadie”.

Parte I:  ¿Quién soy yo para hablar de amor? 

¿Quién soy yo para hablar de amor? No he vivido tantas vidas, no he incendiado tantas noches. No he sido la más valiente, tampoco la menos brava. No creaba expectativas, ni fe en falsas promesas, ni esperanzas en él. Al menos con los ojos abiertos. Nunca pinté un vestido blanco en las últimas hojas de ninguna libreta. No destruí margaritas, las mías siempre estaban enteras.

Mi boca permanecía cerrada cuando otras soñaban con “si, quieros”, casas con metros cuadrados para más de dos y lunas de miel con billete hasta que la muerte nos separe. Mi asiento de al lado siempre lo imaginé vacío, puede que las hijas únicas no tengamos problema en llamar compañera a la soledad.  Mis apuestas por el amor siempre quedaban en blanco. Demasiado fraudulento y distractorio. Recuerdo a un amigo de la adolescencia decirme que mis objetivos de futuro, tan contrarios al romanticismo, ofendían a mi naturaleza de mujer. Pobre quien osara estar a mi lado y apiádense de mis hipotéticos hijos si por error llegaba a tenerlos. Yo respondía que si alguno paría, Libertad sería su nombre.

El camino del amor no es uno de baldosas amarillas, a mi no me llevaba a casa.

Rechazaba amar – al menos con los ojos abiertos. A oscuras otra melodía sonaba. Releía la canción desesperada de Neruda, cantaba La voz a ti debida como Salinas, subrayaba las cartas de Kafka a su amada Milena y transcribía las de Scott Fitzgerald a Zelda. Como creo que dice Freud, nuestro verdadero ser surge cuando las pupilas descansan (o algo parecido). “¿Qué sabrás tu de mis tristezas?” La verdad que yo de las mías, no sabía nada. Ahora tampoco puedo declararme experta, pero he descubierto no ser agua como creía y el amor mi aceite. Que rechazarlo me adormecía y temerlo me hacía cobarde. El camino del amor no es uno de baldosas amarillas, a mi no me llevaba a casa. Seguirlo era morir como Los Valientes. Te apuntará y sangrarás, incluso cuando te confíes y creas estar en zona segura. Cambiemos “Nothing’s gonna hurt you baby” por un everything. 

Ortega y Gasset se quejaba lo poco que se estudiaba la historia de las pasiones, hemos idealizado, amado de más, querido de menos. Y así surge esta columna, para estudiar cada una de sus vértebras -si las tiene- qué esconden esas cuatro letras, si sus facciones sólo pueden ser amables y no tiene contrario, o es inseparable del dolor. Porque nos arrastra, consume, domina y cuestiona. Rompe espejos y construye.  Entender si hay que llamarlo él, ella o no tiene género, si es cómplice o traidor. Gabriel García Márquez escribe en El amor en los tiempos del cólera: “Le enseñó lo único que tenía que aprender para el amor: que a la vida no la enseña nadie”.  No sé lo que es el amor, sí que estos tiempos hacen más ardua la tarea de amar. Por eso con tu permiso, Gabriel, para este espacio he tomado prestado el título y cambiado sustantivo por verbo.

 


 

Imagen: mr_splice

Escrito por: Raquel Bada