Alejandra Pizarnik: del amor a la muerte.

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“Tú lloras debajo de tu llanto,
tú abres el cofre de tus deseos
y eres más rica que la noche.
Pero hace tanta soledad
que las palabras se suicidan.”

Si hay alguien que ha desgastado el verbo morir hasta agotar las tintas de su vida ha sido la poetisa argentina; Alejandra Pizarnik. Desde muy corta edad su vida se ha visto marcada por sus eternas inseguridades y constantes comparaciones. De descendencia rusa se siento una extranjera en su propia familia. Nació en Avellaneda, sin embargo
nunca considero Argentina como su hogar. Durante toda su vida expresó con letras la sensación de no encontrar un lugar en este mundo.

Al terminar la educación básica Alejandra se matriculó en la facultad de Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires, pero de nuevo sus fuertes emociones de inestabilidad e inquietudes existenciales no le permitían quedarse en un lugar por mucho tiempo, por lo que se traslada a la carrera de Periodismo, para más tarde abandonar los estudios por completo y adentrarse al quehacer de escribir para siempre.

Sus infinitas ansias por buscar un sentido la hacen embarcarse en una aventura hacia París, donde compagina el trabajo de traducción con la poesía. Se dice que en esta época fue donde verdaderamente fue feliz. La capital francesa supone para ella un verdadero refugio literario y donde estableció amistad con grandes escritores como Julio Cortázar, Rosa Chacel y Octavio Paz.

A su vuelta a Buenos Aires completa varios poemarios y se obsesiona una vez más con escribir. Sin embargo, sus ansias por buscar algo que le diera sentido a su existencia no llegaron. Sus crisis depresivas, y constantes desánimos la llevaron a pasar un tiempo dentro de un centro psiquiátrico donde se encontraba internada.

Leerla significa lanzarte a un mundo pleno de nostalgias eternas, jardines abandonados, de amor y muerte. En todo caso, la poesía fue para ella su propio pasado de intrigas al cual recurrir. El 25 de septiembre de 1972 antes de consumir 50 pastillas de Seconal, escribió sus últimos versos:

“No quiero ir,

nada más que hasta el fondo”

Dejando atrás un grandísimo legado literario de poemarios, textos surrealistas y un diario de casi mil páginas. Se despide de la vida y pasa a su codiciada muerte.

Recuerdo la primera vez que leí sus poemas, fueron mis últimos momentos en aquel país que por mucho tiempo llamé hogar. Fueron mis últimos días en Caracas, donde especialmente se me hacía demasiado parecido su dolor. me gustaba de Alejandra  marcaba y encajaba cada palabra, su historia y estética fatalista cautiva desde el primer verso.  Siempre entre la infancia perdida y su ansiada muerte.
Sus poemas melancólicos atraviesan como una flecha la garganta, cada vez que se me cruzaba el exilio. Entendía la angustia y la soledad del exilio,  tan oscura tras después de despedir a los seres y a las cosas que aún vivas ya no estarían contigo.


Por: Valentina Suñé

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