Fleabag, is this a love story?

Con un guion ácido y crudo, llena de situaciones embarazosas, Phoebe Waller-Bridge se corona con cuatro Emmys gracias a su serie Fleabag en la que, además de ser guionista y directora, también es protagonista. Una mujer treintañera nos dirige la mirada, rompiendo la cuarta pared, y nos hace cómplices de su crisis personal gracias a sus gestos e interjecciones, usando un humor políticamente incorrecto, rozando lo escatológico. Dueña de un café al borde de la quiebra, promiscua, procede de una familia disfuncional en la que la comunicación es desastrosa. Esta situación es acentuada por la muerte de la madre, formada por un padre incapaz de transmitir su amor y preocupación y una madrastra presumida e irritable. Se suma, Claire, su hermana algo fría y cuadriculada y un cuñado alcohólico además de baboso. Con todo, esta mujer caótica y egoísta atraviesa la pérdida de su mejor (y única) amiga de la que se siente culpable y lidia con el sufrimiento y el remordimiento, como puede, huyendo.

La traducción literal de su título es «bolsa de pulgas» o «pulgosa», expresión británica para referirse a gente que no sirve para nada. Fleabag, tan certera como cómica, nos presenta una antiheroína, una «mala feminista» que se enfrenta a ella misma y a los demás con crueldad y cinismo, sin victimizarse, evitando situaciones con mentiras piadosas, añadiendo varios mecanismos de defensa y sabotajes. Tomando el sexo como hilo conductor y medida de autoestima y con confesiones de masturbación excesiva, los roles de género resultan invertidos. Así, su ex novio, demasiado empalagoso, que «hace el amor» o el enfado que le genera que su ligue no quiera acostarse con ella en la primera cita, nos muestra a una persona apática. De hecho, vemos cómo Fleabag se siente culpable y a disgusto, lanzando un monólogo despreciativo y autoconsciente donde replantea su feminismo o el hecho de no disfrutar de su sexualidad o, mejor dicho, de la sensación de deseo con la que se deja hacer, como vemos en el momento del sexo anal, terminando, así, con un devastador final en la primera temporada. Abre la segunda con un cambio significativo: ya no se emborracha, ni tiene relaciones esporádicas, come sano y ha realzado su café. Pasado un año, una cena familiar, en las que las tensiones se avivan, tiene lugar la llegada de un nuevo personaje, el «hot priest». Este sacerdote inusual, con un pasado tambaleante, oficiará la boda del padre y la madrastra: de él se enamorará y buscará algo de comprensión y conexión. Después de tanto fracaso, vemos a alguien tratando de enmendarse y reconstruir su vida. De esta manera, ahonda aún más en las relaciones: la hostilidad entre Fleabag y su cuñado, la relación amor-odio con Claire, la química entre ella y el sacerdote, además de la figura paterna, las conversaciones sobre la moral y la muerte y el cuestionamiento de la soledad. Se resalta, de este modo, aquella barrera de la intimidad con la ruptura de la cuarta pared y el límite de la autorrepresentación, en escenas en las que el sacerdote se da cuenta del recurso. Siguiendo la misma línea, sucede lo mismo cuando acude a una psicóloga y trata a sus espectadores como «los que siempre están ahí», ya que es más sencillo comunicarse así, que con la gente de su entorno. Contrapone la vida moderna a la religión y la armonía. En busca del amor, no romántico, sino un amor que implique aceptación y paz interna, ejemplificada en la última escena en la parada de bus o la del confesionario, donde se desborda y muestra toda su vulnerabilidad. Fleabag se ríe, llora, suspira y se marcha, por fin, reconciliándose consigo misma. Por: Ana Sanz