“El cuento de la criada” y por qué nos vemos reflejadas en su distopia.

el cuento de la criada

El cuento de la criada se publicó en 1985 y en la actualidad ha servido de inspiración para una serie de HBO y de uniforme para manifestarse a favor del aborto en Irlanda. Pero hablemos del libro de Atwood, que ha quedado algo oculto bajo el vestido rojo y los gifs de Twitter.

La narradora y protagonista sin nombre tiene una visión de esta sociedad desde un prisma concreto. Muestra una cultura de mujeres -sociedad que idealizaba su madre desde una perspectiva feminista-, pero teocrática, diseñada por hombres y con una base bíblica. Aprendemos que una cultura de este tipo no es eminentemente buena y tiene desigualdades patentes: cada clase viste un color, la fertilidad sustituye al dinero como divisa de gran valor y la única red de comunicación posible entre mujeres son los cotilleos de las Marthas.

Se dice Homo homini lupus, que el hombre es un lobo para el hombre, pero en realidad es una mujer la que más daña a otra mujer. Es una idea ampliamente tratada en la filmografía juvenil, para acabar con una antagonista basta con poner una chica en su contra y hará todo el trabajo. En esta historia hay mujeres como Serena Joy, su desprecio destila clasismo y no despierta simpatías. O Tía Lidia, que adoctrina en la sumisión y castiga lo contrario. O las econoesposas, que por pura envidia de saberse encasilladas y que el progreso social no será para ellas, desprecian a las criadas, llegando a escupirlas.

Ninguna de estas mujeres son solo buenas o malas, aunque los actos de algunas sean despreciables. Se muestra un escaparate de personajes tridimensionales, escritas con profundidad y en relieve, con luces y sombras. Son mujeres con pasado, que todavía recuerdan, han sido reducidas y sobre ellas pesan las expectativas de los demás sobre cómo deben ser. Todas, a pesar de la clase, tienen algo en común: se les ha privado -en mayor o menor medida- de libertad. Libertad para decidir, salir, e incluso leer y caminar, libertad laboral, sexual y también libertad para decir “no”.

El objetivo de la historia no es conseguir algo al final, como en la serie, cumplir el viaje del héroe: escapar, vengarse, unirse a la resistencia, derrocar el sistema. El libro es más un estudio de personajes variados y lo interesante no es lo que le suceda a la protagonista, sino esta muestra de reacciones singulares y diferentes ante la privación de derechos. Hay mujeres temerosas, otras conformistas, algunas hartas de esperar un cambio o frustradas con algún aspecto de su vida. O mujeres que son todo eso a la vez.

Una de las frases más llamativas es la que sigue. “Nunca estarás tan atado como una mujer a la tentación de perdonar a un hombre […] es difícil resistirse, el perdón es un signo de poder”. La protagonista tiende a intentar perdonar al Comandante, a Luke, a los Guardias, a Nick, a los Ojos. Porque ella haría lo mismo en esa situación, porque también se ha dejado llevar para sobrevivir. Es una reminiscencia de humanidad, de la mujer que fue. Lo último que pierde no es la esperanza, aunque diga “esto no durará para siempre, ¿no?”. Lo único que todavía le queda es la capacidad de perdonar, y ahí encuentra poder. Son interesantes además los trucos a los que recurre en su soledad: roba objetos, negocia, inspecciona a fondo las habitaciones, recuerda, se recrea en gestos y miradas furtivas que para ella significan resiliencia.

Una escena conmovedora es un ejercicio de introspección, al rezar a solas. Quiere saber lo que Él se propone y que le ayude a superarlo, aunque no cree que lo que sucede sea cosa suya, que Dios estará harto de que hablen en su nombre. Piensa “te necesitamos para el cielo, para hacer el infierno nos bastamos solos”. Asegura que hay cosas más importantes que perdonarla a ella, como que los demás -quienes le importan- estén a salvo, si sufren no sea demasiado y si deben morir que sea rápido.

Sigue rezando, a pesar de todo, y cree que podría ser peor para ella. La pueden dañar emocionalmente, ya lo está, le quitaron a su hija; pero no físicamente, como a los cadáveres que cuelgan de una tapia. Porque ella no es activista ni se expondrá al huir, disfruta de pequeñas libertades como jugar al Scrabble o untarse crema hidratante, las noches con Nick y los paseos con Deglen. Nos enseña que lo peor no es tan malo y por eso es más realista que su tocaya de la pequeña pantalla. Esta Defred es creíble, podríamos ser nosotras.

Hacia el final del libro, la gran idea que alimenta es que saber es un peligro, conocer es una tentación. “¿Quiero saber? ¿lo soportaré?”. Ya hizo esa caída, de la inocencia a la conciencia, hace tiempo. Al principio creyó que no sería para tanto, más bien Luke pensó que no lo sería. El matrimonio para ella era un pensamiento comunitario, una toma de decisiones conjunta pero a expensas de ella, muestra algo de dependencia emocional, Luke tardó en separarse de su primera mujer y rememora las largas esperas en los hoteles. Pero fue amor, o el único amor que ha conocido. Lo echa de menos, aunque siento que no le gustó la persona que fue Luke hacia el final y cómo se comportó con ella antes de la huida. No importó si su dinero no le pertenecía, ni su trabajo, él las mantendría. Como si ella pudiera ser la misma sin esas cosas, quería lo que era suyo. Él no le dio importancia. A ella, al fin y al cabo. Pero se sintió agradecida de tenerle, de lo que hizo por ella, de la compañía, de algunos gestos, como no tener que sacrificar al gato ella misma.

Tiene una manera de aferrarse a su recuerdo de Moira, casi como una necesidad, incluso después de volverla a ver en aquel sucedáneo de prostíbulo. Le gustaba pensar en su amiga escapando, pegando a una Tía, quemando un vehículo. La versión que encuentra es indiferente, conformista, no es el recuerdo que la ha acompañado. Pero a Moira no le han quitado su personalidad, solo se ha resignado, no merecía la pena lidiar con el fracaso y recomponerse continuamente. Después de ese episodio en los baños del club, la protagonista sigue pensando “¿qué haría Moira?”. Imagina sus respuestas sarcásticas, le insuflan valor. Para ella, Moira ya no es una persona, es una idea. Si la protagonista fuese un dibujo animado, tendría un ángel y un demonio en cada hombro susurrando en sus oídos. Cuando piensa en Tía Lidia, con su teatralidad y corrección, este es el ángel; y Moira, con su lengua viperina y su sonrisa burlona, sería el demonio. Como dos caras de una misma moneda que le dicen qué podría decir, lo que podría hacer. Pero cara y cruz solo han sido evocadas para hacerla sonreír, para darle compañía. Defred, la versión de Atwood, no piensa ser mártir voluntariamente.

Aunque al final se ve obligada a huir y es capturada, como sugieren los Estudios Gileadianos al cortarse de golpe la narración. Este desenlace es creíble, quien se enfrenta al sistema, pierde. Esta manera de acabar se asemeja al final de Los Soprano (HBO, 1999), el largo y silencioso negro, el corte brusco que enfadó a tantos espectadores.

 


 

Por |Alba Puerto 

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