La fortaleza de la soledad femenina.

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La fortaleza de la soledad en las mujeres.

La declaración llegó a mis oídos a través de los cascos del móvil: “no hay nada más triste como imagen mental que un hombre solo”. Iba de camino a la compra, única salida del día, escuchando a los integrantes del podcast ¿Puedo hablar! divagar sobre la soledad a raíz de este confinamiento y aquella declaración me sorprendió. “No hay nada más triste como la imagen mental de un hombro solo”.

Acostumbrada como estoy a compadecerme de la representación femenina de la mujer solitaria, solterona, me vino a la cabeza la imagen de un hombre entrado en años, paseando por las calles desgastadas de su pueblo de camino al bar. El sonido breve de las cuentas de la cortina antimoscas anuncian que entra solo. Pide lo de siempre y se toma el carajillo leyendo la prensa del día, sin ganas y sin compañía. Es verdad, a mí también me daba muchísima pena pero ¿por qué?

La mujer ha convivido durante siglos con el miedo a quedarse sola, a que el tiempo pasase y la convirtiese en una solterona. Las mujeres que tenían que soportar además de un dolor privado, una vergüenza pública porque, por supuesto, la soltería nunca era elegida. Y aunque lo hubiese sido no importaba, la elección no les libraba del estigma. Doña Rosita de Lorca o La Bikina son ejemplos de cómo esta figura era tan habitual que traspasó la realidad para formar parte de la cultura popular. Aunque los cuchicheos de los pueblos o los cotilleos de las abuelas recuerdan que no es cosa del pasado, todavía hoy arrastremos demasiados años en los que la soledad ha sido socialmente leída como negativa y relacionada exclusivamente con la pareja. Estar soltera era estar sola y viceversa.

La soltería nunca era elegida.  Y aunque lo hubiese sido no importaba esa elección no les libraba del estigma.

Es innegable que la soledad masculina está menos estigmatizada que la femenina, pero ahí no terminan sus diferencias. Puede ser que la soledad masculina les aísle a ellos hasta un punto que la sororidad femenina no comprende. La opinión pública censuraba y/o compadecía a la solterona, no sé cual de los dos es peor. Pero de puertas para adentro, de tú a tú, las mujeres compartían sus sentimientos, anécdotas y se lamentaban juntas para reconfortarse entre ellas, rituales femeninos que han sido menospreciados bajo la etiqueta de “cosas de mujeres”. Parte del lamento de la solterona era que “le faltaba” -entre muchas comillas -alguien a quien cuidar y formar una familia en el sentido más tradicional de la palabra. Pero, aunque pudiesen parecer insuficientes, la solterona sí contaba con apoyos. Y es que las mujeres han sabido encontrar comprensión en una opresión común. La fortaleza de la soledad femenina reside en que está soltera, pero no por ello sola. Al hombre soltero “le faltaba”  alguien que lo cuidase, y la idea de que otros hombres le prestasen su hombro sobre el que llorar estaba fuera de toda discusión, aumentando la soledad.  Un hombre solo no tenía a nadie con quien compartir su pena.

La mujer soltera, incluso si su entorno le daba la espalda por completo podía regodearse en su propia tristeza, podía llorarla. A El Hombre no le estaba permitido ser débil, y no lloraba por esas cosas, y si lo hacía íntimamente, nunca lo sabremos. Hasta tal punto están estigmatizadas las lágrimas masculinas que no tenemos ni por asomo la misma constancia de ellas que de las femeninas. La posibilidad de perdernos en nuestros sentimientos, que el patriarcado ha pintado como fragilidad femenina, es liberadora. Y aunque la mujer soltera tenga que reprimir otras muchas cosas, como por ejemplo “el ansia de gozar” como diría el propio Lorca, puede que al hombre soltero no le bullan tanto los sentimientos, que esté más vacío.

Mi objetivo no es ensalzar la figura del hombre soltero y reivindicar las ventajas que tiene la solterona frente a él. Bien es sabido que la opresión femenina es una realidad y que si la figura de la solterona existe es porque la valía de un hombre no residía simplemente en casarse y formar una familia. Un hombre soltero era todavía útil para la sociedad, mientras que la mujer soltera era tratada como un desperdicio. Mi intención es reflexionar sobre si el patriarcado, en este aspecto, afectó a los señores solteros de una manera más silenciosa. Lo que se espera de nosotros nos ha dañado a todos: a unas por castigarlas por no cumplir lo que se esperaba de ellas y a los otros por limitarles conocerse. Como dijo Sartre “el infierno son los otros”.


 

Por | Cristina Blanco.

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