Gabriela Mistral: de poeta rebelde a primer Premio Nobel de Literatura latinoamericana.

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Gabriela Mistral: de poeta rebelde a primer Premio Nobel de Literatura latinoamericana.

 

1945, Suecia. Gabriela Mistral alcanza la cumbre como escritora al ser la primera mujer latinoamericana en recibir el Premio Nobel de Literatura. Mistral en su discurso, fue consecuente con su apuesta latinoamericanista y diversa, señalando que finalmente Europa reconocía los años de trabajo por la cultura en el continente Americano: la jerarquía del conocimiento y producción intelectual se imprimía también en el reconocimiento académico de las obras latinas.

Su obra se clasifica generalmente dentro del modernismo, con una fuerte influencia de las letras de Amado Nervo y Fréderic Mistral. También es posible identificar elementos comunes con el estilo de Ruben Darío: el gusto por la simplicidad a través de un lenguaje coloquial, como una manera de democratizar su arte y hacerlo accesible a todos los niveles educativos y sociales.  Trabajó por la resignificación de la maternidad, como una manera de profesar su feminismo -entendido dentro de la posibilidad de la mujer de alcanzar un desarrollo mayor de su espíritu-, buscando que se tomara como algo más que una mera función biológica.

Si yo te odiara, mi odio te daría
en las palabras, rotundo y seguro;
¡pero te amo y mi amor no se confía
a este hablar de los hombres tan oscuro!

Gabriela Mistral nació en Chile, 1889, una mujer excepcional para su época y aún para la nuestra. Defensora de los pueblos latinoamericanos, los niños, la maternidad y la educación: Lucila Godoy, su nombre de pila. La poetisa acogió su nombre en homenaje a dos famosos escritores, a quienes admiraba profundamente: Gabriel D’Nuncio y Frederic Mistral. Su infancia estuvo marcada por la ruralidad – la misma que ejercería una fuerte influencia sobre su obra – y por el abandono de su padre, cuando apenas tenía tres años de edad. A razón de esto, su hogar estuvo integrado por la presencia exclusivamente femenina de su abuela, su madre y su hermana.

Creció en una familia con preeminencia del dogma católico que pronto entraría en conflicto con los valores en los que creía y profesaba. A la edad de 11 años enfrentó el primer conflicto con el sistema educativo de su país. En su escuela, fue acusada de hurto, razón por la cual fue expulsada y jamás regresaría como alumna. Dos años después de este incidente, Gabriela empezó a coquetear con las letras, a componer sus primeros poemas, tomando inspiración de su paisaje rural -el que tanto amaba- y de las figuras maternas que la acogían cotidianamente en el hogar. A la edad de 15 años Mistral entró a estudiar para ser maestra, su primera profesión, sin embargo no terminó sus estudios formales y su faceta de profesora se consolidó gracias a su capacidad autodidacta. El amor por la pedagogía resultó transversalmente determinante en su vida y obra.

“Cómo me habían de ver
los que duermen en sus cerros
el sueño maravilloso
que me han contado mis muertos.
Yo he de llegar a dormir
pronto de su sueño mismo
que está doblado de paz,
mucha paz y mucho olvido,
allá donde yo vivía,
donde río y monte hicieron
mi palabra y mi silencio
y Coyote ni Coyote
hielos ni hieles me dieron”

Para ese entonces, Chile estaba marcadamente polarizada entre el debate de liberales y conservadores. Estos últimos, teniendo a la iglesia en su bando, la cual aun no se había separado del Estado y continuaba ostentando un peligroso poder de decisión sobre la ley,  la educación y la equidad de género. A pesar de su profunda creencia en el catolicismo, Gabriela no paraba de tener desencuentros con la iglesia, la cual clasificaba su poesía como “pagana y socialista”.  Los problemas con esta institución se hicieron aun mas profundos con el ensayo “La instrucción de la mujer”, publicado en 1906. Mediante este texto la escritora llamaba la atención sobre la imperiosa necesidad de la igualdad de género en el ámbito educativo, ya que alcanzarla representaría el progreso del colectivo humano. Llama la atención, particularmente, la determinación con la que cierra esta reivindicación de los derechos de la mujer: “Instruir a la mujer es hacerla digna, levantarla. Abrirle un campo mas vasto de porvenir, es arrancar a la degradación de sus víctimas”. 

Las vidas están cansadas
del producir abundoso
y el río corre en huída
de tu castigo ardoroso.

En este mismo año se enamoró de Romelio Ureta, empleado de ferrocarriles quien al poco tiempo de estar juntos, se suicidó. Este duelo influiría en los poemas compilados en Desolación, su primera gran obra; en la que toca temas como el amor y la muerte. Su papel como educadora fue definido por la compasión y el pluralismo. Mistral mas que nadie entendía la diversidad que yace en Latinoamérica: las poblaciones indígenas y las rurales y cómo las diferencias terminaban segregando a las minorías, gracias a un modelo educativo que seguía replicando esta inequidad.

México fue testigo de su brillante labor como educadora, donde logró desplegar su mayor potencial en este papel, el cual dejaría de ejercer en las aulas en 1925. No obstante, su preocupación por la educación trascendió de este espacio al debate público y político. Su amigo de juventud: Pedro Aguirre Cerda fue elegido como presidente en 1938 tras la ardua colaboración de Mistral en la campaña. Durante el mandato se preocupó por la promoción y mejora de la enseñanza. La escritora creía fervientemente en que la educación debía estar basada en la realidad de la sociedad chilena y sus necesidades particulares y no en simples intentos de imitar otros modelos educativos, como trasplantes Europeos o Estadounidenses.

Durante sus últimos años de vida continuó trabajando en diferentes espacios del debate público, como activista en función de la educación, diplomática (fue cónsul de Chile en dos ocasiones) y representando en la Asamblea de las Naciones Unidas a su país. Gabriela Mistal falleció el 10 de enero de 1957 en Nueva York, Estados Unidos. Dentro de sus últimos deseos, dispuso que los derechos de sus obras pasaran a los niños del pueblo chileno donde descansan sus restos. Su amor y trabajo por la infancia brinda una lección de compasión que trascendió los límites de su existencia corporal.

 


Por | Valentina Hernández