The New Yorker: detrás de su portada más desoladora.

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The New Yorker: detrás de su portada más desoladora.

 

Cuenta Eric Drooker (Nueva York, 1958) que a lo largo de su carrera ha completado algunas de sus mejores obras durante catástrofes, tanto económicas como naturales. Aquellas provocadas por el ser humano, son las que más le impulsan a volcar su desconcierto, rabia y crítica en lienzo. Las pasiones políticas han inflamado a Drooker toda su vida, ya a los 11 años esbozó su primer póster burlándose de Richard Nixon, aún presidente. Alertaba al vecindario pegando carteles políticos, vendía fanzines sobre la brutalidad policial y en más de una ocasión, su arte anti-establecimiento le aseguró un billete a la cárcel. Y aunque sus días de arrestos ya son algo anecdótico, sus juicios visuales, sin palabras ni ruido, resultan más impactantes que muchos discursos políticos descafeinados. Irónicamente, ese carácter anti-sistema finalmente fue del gusto del sistema. Parte de su obra habita en el Moma y hasta en la Bilbioteca del Congreso, aunque  Droker prefiere el aspecto democrático del trabajo producido en masa.

Hoy, desde el auto-confinamiento, la última obra de Eric Drooker se viraliza ante nuestras pantallas, nuestra nueva y única ventana privilegiada al mundo. La estación de tren más famosa del mundo, desolada un el panorama vírico y confuso.  Así es su última portada para  The New Yorker, la número  39 desde su idilio con la revista en 1994, acumula más de 60 mil me gustas sólo en las cuentas oficiales. Aunque no hayamos nacido en la big apple, al ver el número de la revista, todos nos sentimos un poco neoyorkinos.

El idilio de Drooker con The New Yorker  comienza en 1994, y desde entonces ha firmado portadas de gran repercusión. La polémica Shopping days de 2015, que mostraba una pareja en un Walmart añadiendo rifles a su carrito de compra como un brick de leche y unas alcachofas más. Tras la masacre de San Bernardino, Brooker denunciaba un escenario cada vez más posible por la obsesión predilección de América hacia las armas de fuego.   Aunque parezca apresurado afirmarlo, desde su estudio de San Francos, Eric Drooker ha creado una portada que sabremos, será histórica.

Con dirección 89 Este con la 49,  el majestuoso edificio de la estación central construida en 1913 de estilo beaux arts ha sido protagonista y testigo. Musa predilecta, no es la primera vez The New Yorker la elige como retrato principal. La Gran Terminal Central ha orquestado la  agitación, trenes perdidos, billetes olvidados, amantes reencontrados e ilusiones iniciadas durante los últimos cien años. En plena gran manzana, ha hecho sonar ese ir y venir, ese baile consensuado ente viajeros. Todas, de alguna forma, hemos esperado un tren en la Grand Central. Actriz invitada de clásicos y modernos, ha sido telón de fondo para el romance – especialmente durante la Segunda Guerra Mundial – y capturada desde su lado más oscuro por cineastas como Hitchcock y Coppola. La habíamos presenciado en millones de escenarios, cautivada con sus apresurados relatos, pero nunca la habíamos imaginado así. Y menos, sin tratarse de ficción.

Una Grand Central solitaria, desolada y nostálgica, en la que podemos hasta escuchar los pasos sobre el mármol del que hoy es su único transeúnte. Ese omnipotente silencio lúgubre que sólo orquesta un lugar público clausurado.  Allen Ginsberg, de quien era su dibujante predilecto, dijo que Drooker ilustra como nadie la tensión infraestructural de las ciudades, la decadencia y el amargo sufrimiento de la sociedad contemporánea. El sentimiento común que compartimos cuando bajan los niveles de resentimiento e impotencia es lo que cautiva de la obra de Drooker: esa soledad muda.

 


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