Sylvia Plath: lo que revelaron sus Diarios Completos.

Ssylvia Plath

Sylvia Plath: lo que revelaron sus Diarios Completos.

Casi 40 años después de su muerte, Sylvia Plath  (Boston; 21932 – Londres; 11963) finalmente habló con voz propia. Tras la publicación de unos primeros diarios supervisados por su marido, por fin pudimos descubrir las confesiones auténticas de la poeta. 

 

Los diarios privados de Sylvia Plath, nunca ideados para ser compartidos, fueron publicados originalmente en 1982 (The Journals of Sylvia Plath, The Dial Press, 1982) en una versión censurada, revisada y previamente autorizada por su viudo, el también poeta Ted Hughes. La edición íntegra de sus diarios, la verdadera voz íntima de Sylvia, emerge arrebatadora y punzante en las páginas del manuscrito original que vio la luz en España de la mano de la editorial Alba. Los Diarios completos recogen sus reflexiones entre los años 1950 y 1962, desde que asistió con 18 años al Smith College en Northampton (Massachusetts) en el papel de estudiante de literatura inglesa, hasta meses antes de su muerte en febrero de 1963.

Las palabras de Plath la dibujan introspectiva, dulce, fogosa, insegura y soberbiamente brillante. Con el privilegio de acceder a sus textos sin recortes, el gran descubrimiento de estos Diarios es quitar el polvo a una Sylvia luminosa que intuíamos estaba ahí – con sus claroscuros y alusiones a la muerte, pero también a la vida.

Su personalidad jovial es algo que suele pasarse por alto, como escribe Luna Miguel,  en el prólogo de la biografía de la poeta Magia Cruda (Barlin, 2017), “parece que aunar en el mismo texto el nombre de Plath y Felicidad sea imposible”. Su simple mención nos recuerda inevitablemente a la depresión, la locura e incluso a la muerte, al haber resultado complicado separar la abrumadora obra de la poeta con su trágico suicidio con apenas 30 años. “Hay algo muy vital en ella, es la vida misma” confesó  Hughes. Plath saboreaba la vida intensamente, y estos Diarios son la prueba de ello.

Recuerda, esto es el ahora y el ahora.

Vívelo, siéntelo, aférralo.

Quiero ser plenamente consciente de todo lo que he dado por sentado

Los Diarios revelan que Sylvia anhelaba la paz interior y los placeres de la vida intelectual, pero se precipitaba una y otra vez por el abismo de la angustia y la inseguridad. Los comenzó el verano antes de abandonar la casa familiar y partir a la Universidad, un verano donde comienza a cuestionarse su propio entorno en la ciudad costera de Winthorp, los entresijos de la sexualidad y las dinámicas entre hombre-mujer de las que poco a poco comienza a participar. Religiosamente transcribe su vida en esas páginas por ninguna otra razón que no fuera ella misma. La necesidad de un desahogo por escrito era una catártica solución para la poeta, que acostumbraba desde los 11 años a llevar consigo libretas de todos los tamaños, para poder acudir al lápiz como insulina.

Su escritura navega entre el dolor y el placer los “deseos que me destruirán al final, pero no mientras pueda hacer historias de mi corazón roto” Los diarios, después de todo, son cuadernos en los que Plath practicó su oficio y muchas de sus entradas son pura poesía. En esta prosa espontánea, Sylvia confiesa el deseo cumplir su propio mandamiento: aferrarse al presente, a la fuerza de ese segundo fugaz al que hace oda obsesivamente. Su insistencia por vibrar en el ahora y no devaluarlo sirve como un tatuaje en papel de una ley que entendemos, a menudo olvidaba. La electricidad del momento, no debía pasarla por alto ni mucho menos darla por sentado.

Eran las reflexiones y experiencias privadas de una mujer que pasaba por la universidad, navegando en las relaciones con ella misma, su familia y sus ambiciones. Todas las esperanzas y temores de Sylvia están en sus diarios, y todos están bellamente crudos y magistralmente escritos.

“En mi, el presente es eterno, y lo eterno siempre se mueve, fluye, se disuelve.

Este instante es la vida y cuando ha pasado está muerto.

Nada es real salvo el presente”

Los diarios se detienen alrededor de mayo de 1962 dado a que Ted, destruyó las últimas páginas donde dicen que expuso sus confesiones más reveladoras. Un acto censurante que su pareja ya había obrado anteriormente en Ariel, la obra póstuma de Plath que le valió el premio Pullitzer de poesía. Esta vez igual que la anterior, Hughes hizo cenizas los pensamientos de su esposa por cautela. Temía cómo podía afectar a sus hijos enfrentarse al testimonio más sincero de su madre. En ese entonces, consideraba el olvido como una parte esencial para la supervivencia.

Lo que comprendemos entrometiéndonos en sus Diarios es que Plath vivía entre el límite de sus propios deseos -poco cristianos y  reprochables para una niña bien- y enfrentada con la necesidad imperante de complacer esta imagen ante los demás. En varias ocasiones se plantea acabar con el ruido de su cabeza, lo que ella bautiza como el “tic tac de la vida”, un sonido que atraviesa su almohada y le impide descansar. Ama vivir, pero la intensidad del presente es por momentos insoportable. El peso de los días hace que se cuestione su propia estabilidad: frágil, caótica pero infinitamente profunda. No logra encontrar salvación en ella misma. Cuando sólo la acompaña la luz eléctrica de su habitación  y su persona pública se apaga, florece su verdadera tristeza.


 

Por | Raquel Bada