Las Noches Azules o el arrepentimiento de dar la alegría por sentada.

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El fin de Las Noches Azules o el arrepentimiento de dar la alegría por sentada.

Las Noches Azules de Joan Didion.

Hay algo que siempre le ha quitado el sueño a Joan Didion: la cuestión del tiempo y la mutabilidad de la vida. Atea declarada, autora de grandes ambiciones pero pocos sueños, ha logrado transformar su eterna fobia hacia los reptiles en una mimetización emocional que más de una vez ha sido puesta prueba. Puso el grito en el cielo con sus primeros escritos atreviéndose a retratar lo impublicable: la niña de 5 años que consumía alucinógenos, o la charla en el salón de su propia casa con una de las principales asesinas de Sharon Tate. Algunos editores se planteaban cómo una mujer podía escribir de una forma tan fría, tan sentimentalmente glacial. Ella defendía su pluma desafiante, era la única forma de transmitir de la cabeza al papel, con las palabras precisas y justas, lo que como testigo – incluso de sí misma- captaba.

De esta forma, tan poco visceral pero verbalmente lapidaria, escribió Noches azules, el testimonio personal más difícil que tuvo que afrontar la autora nominada al Premio Pullitzer: la muerte de su única hija. Pero no esperéis lágrimas, a Didion no la descubriréis con pañuelo en mano. En este majestuoso monólogo interior no hay lugar para la auto compasión. La visión de Joan Didion sobre la pérdida y el paso del tiempo es analítica, una postura con la que es complicada empatizar, pero que la razón no puede obviar. La muerte de una hija entendida como una difícil anécdota en el transcurso de la vida, una desgracia que sólo queda aceptar, asimilar y recordar. Una mesa de ajedrez fría como escenario simbólico, en el que ella observa y mueve fichas, impasible.

 

“durante las noches azules uno piensa que el día no se va a acabar nunca. Y a medida que las noches azules se acercan a su fin

– y lo hacen, lo hacen siempre –

uno experimenta un escalofrío literal”

Didion toma como punto de partida el día de la boda de su hija, un preludio nada premonitorio de lo que acontecerá después, como un buen comienzo al más estilo Lars Von Trier: celebración y lágrimas. Brindis con sabor a apocalipsis, prost por la destrucción, el fin de los días y las noches felices. En este caso, son Las noches azules las que son aviso del corte en seco de la felicidad. L’heure bleu, las horas que se alargan increscendo a partir de marzo, un poco después de que se oficialice la primavera, también son trágicas en si mismas. La llegada de algo que se espera ansiadamente es la crónica de una muerte anunciada. Todo lo que sube, cae en picado. Así, el “si, quiero” de Quintana Roo es el disparo a María Corleone a la salida de la Ópera en El padrino, es Norma Jean entonando Happy Birthday a John Kennedy, es los felices años 20.

Didion se plantea si realmente compensan esas Noches azules, esa alegría dada por sentada – ¿han sido nuestros días una noche azul eterna?. Ya en El año del pensamiento mágico se sorprendía por cómo las mayores catástrofes emocionales ocurren entre circunstancias anodinas, observando el peligro de la quietud como amenaza. También en su novela pseudoficticia de culto, Según venga el juego, su protagonista María .- pronúnciese Ma Ra Ya– observaba su vida como una cadena alimenticia, como un proceso de fabricación industrial. Ella, la técnica uniformada que encaja mecánicamente abortos no deseados, matrimonios desgraciados e ingresos en clínicas psiquiátricas. Como es de esperar pues, en Noches azules la pluma de la autora es tan analítica que en ocasiones una se olvida que está leyendo sobre la muerte de una hija y no sobre estaciones.

En un diálogo interior que invita a la introspección, Didion pone en cuestión hasta la cualidad  positiva de las memorias, porque ¿de qué sirven más que para hacernos ver lo que hemos perdido?. También rechaza los souvenirs emocionales sin ser capaz de retirar los trajes de su marido fallecido, o los dientes de leche de su hija – la cuestión de la contradicción – parafraseando a la autora. Es una observadora de sí misma y  de su angustia repentina, incluso de la vejez que llega sin previo aviso en forma del trato infantil repentino de sus seres queridos, las sandalias con algo de tacón que de pronto resultan incómodas, y por supuesto la memoria desleal.

Noches azules, es el esfuerzo conflictivo de una mujer para lidiar con su dolor a través de las palabras: el medio que la autora ha utilizado a lo largo de su vida para tratar de dar sentido a lo incomprensible. A lo injustificado. Es una investigación profunda sobre la pérdida y una meditación melancólica sobre la mortalidad y el tiempo. Y ese tiempo, esas noches azules, son las que más hemos dado por sentadas.


 

Por | Raquel Bada

 

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