Sylvie Imbert: hablamos con la maquilladora ganadora de tres Premios Goya.

Sylvie Imbert

Cuando conoces el trabajo de Sylvie Imbert, es complicado no declararse fan.  Francesa de nacimiento, cuenta que durante los años 80 vino a Madrid sólo para un fin de semana y se quedó para siempre. Comenzó como intérprete y traductora de películas, pero su vocación creativa la encontró en el maquillaje cinematográfico. Durante su trayectoria, ha trabajado, entre otros, con Isabel Coixet, Alain Corneau, Rodrigo Sorogoyen, Jean Jacques Annaud, José Luis Cuerda, Paula Ortiz, Pablo Berger, Terry Gilliam, Juan José Campanella, Javier Ambrossi y Javier Calvo; y ha sido galardonada con tres Goya a Mejor Maquillaje por Blancanieves (Pablo Berger), Nadie quiere la noche (Isabel Coixet) y El hombre que mató a Don Quijote (Terry Gilliam).

Desde que acudí a una charla en la que participó: El cine y la moda: una historia de amor,  me cautivaron su experiencia, su fuerza y su alegría. He querido indagar más en su trayectoria profesional  y por eso me atreví a interrumpir su tranquilo confinamiento para charlar para Bamba. Me contestó dispuesta, e hicimos un FaceTime con alguna complicación técnica por mi parte, y paciencia y simpatía por la suya. Imbert me confesó que dudaba si lo que ella pudiera contar sería interesante. Yo, haría un FaceTime con ella todos los días. Y cada día aprendería algo.

¿Qué tal esta etapa de distancia social?

Sylvie Imbert: Pues mira, entretenida. Ahora mismo estaba pensando, “¿qué hago?” y dije “ay, mira, tengo unas manzanas, voy a preparar un tarte tatin y me voy a grabar para que la gente vea cómo se hace” [risas]. También estoy pintando cuadros y haciendo collages. Toca estar en casa, ¿qué vamos a hacer?

El arte es una de tus pasiones y has expuesto más de una vez. 

Sí, hice dos exposiciones hace tiempo en Biondetta, mi galería de Madrid. Una de fotografías Polaroid, en las que dentro de la misma “pola” hacía dos fotos. Cada vez que maquillaba a una actriz, hacía una foto con un fondo y luego la metía en otro sitio y le hacía la segunda foto sobre la primera. Una sobreimpresión, pero hecha desde la Polaroid. Todo el mundo me preguntaba cómo lo hacía y yo respondía que con “mucho arte” [risas]. Luego hice otra más de fotografía, impresas sobre madera y pintadas. Además les metía luces dentro, o sea, con el taladro metía la luz, conectaba los cables, lo soldaba… así los cuadros también eran lámparas.

Hace unos meses, te encontrabas rodando Nieva en Benidorm (la nueva película de Isabel Coixet), ¿qué nos puedes contar del proyecto?

Fue algo maravilloso. Trabajar con Isabel Coixet es siempre un placer. Hay que jugar mucho porque no le gusta el maquillaje, pero a mí eso me divierte, ponerlo todo y que no se dé cuenta [risas]. Me encanta rodar con directoras, lo he hecho con unas cuantas y con Isabel repito. Las mujeres tienen su historia muy clara, saben qué quieren hacer y tienen una sensibilidad especial para la estética.

 ¿Cómo es tu proceso creativo para desarrollar tu trabajo en una película?

 Al leer el guión te haces una idea, pero lo primero es escuchar al director o a la directora y saber qué quiere hacer; nuestras ideas pueden coincidir o no. Tienes que preparar tus dibujos y desarrollar tus pensamientos, tener en cuenta qué es necesario y prevenirlo todo; es vital. Me encanta la pre-producción: definir los personajes y mostrar mis diferentes opciones. Que  luego no se hacen, pero me gusta tenerlas igual, porque así cuando voy a rodar, voy a disfrutar. Odio preparar en el último minuto, me gusta tener tiempo.

¿Cómo lidias con la presión del contrarreloj?
S.I.
El tiempo a contrarreloj suele ser un gran aliado de la creatividad, porque sin tiempo, tienes que pensarlo todo más rápido y sacar tu espíritu de supervivencia.

 ¿Qué tipos de historias requieren más caracterización?

En las películas basadas en la actualidad hay poca caracterización que hacer, por desgracia, pero en las de época más. Por ejemplo, películas como Nadie quiere la noche, requieren de un trabajo tan importante… Y no sé si llega a verse, porque gran parte de la película transcurre entre dos actrices. Cuando estábamos nominados (al Goya) pensé “olvídate”, porque había películas con tantos personajes y tan bien hechas… Tienes que caracterizar mucho porque la cosa empieza muy bien y acaba muy mal. Pasan seis meses de tiempo confinadas. Dos mujeres en un iglú, un embarazo, un parto… Y son historias reales, se me ponen los pelos de punta. Acabé “acongojada” con el cambio de Juliette Binoche. Cuando nos dio las gracias al final del rodaje, estaba de una manera… que cada vez que veo el making of, lloro de la emoción. De tener a una persona con buena salud, buena cara e irla desmejorando hasta que acaba “hecha un trapo”. Utilizamos maquillaje con base de alcohol para ahuecar la cara, ahuecar los ojos…

En tu blog decías: “No siempre se ve todo tu trabajo en las películas, pero no importa, lo importante es que lo hayas pensado, esté y lo sienta el actor, que sepa que forma parte de su personaje”.

¿Eso lo he dicho yo? Lo he dicho muy bien, no te lo podía decir mejor. Así es. El actor siente que lo tiene y eso le genera una conexión con su personaje. Si no estuviera ese trabajo de maquillaje detrás, les faltaría algo. Es verdad, muy cierto.

¿Es cierto que cantas con los actores antes del rodaje?


Bueno, depende del rodaje. Es cierto que maquillaje suele ser un sitio donde ellos pasan sus horas y les gusta cantar, bailar… Siempre que se juntan varios hay alegría. Hay momentos en los que hay que desfogarse, en los rodajes hay mucha tensión. A veces uno pone una canción y ya baila todo el departamento… Pero bueno, eso se acabó, nos toca vivir otra época, tendremos que convivir con la sombra de un virus que nos cambiará para siempre.

Desde tus comienzos hasta ahora, ¿cómo ves la evolución de la mujer en la industria cinematográfica?

Cuando empecé había pocas mujeres en el cine, desde luego. Eran pocas y casi siempre eran o ayudantes o del departamento de maquillaje y peluquería, pero el maquillador o el peluquero era un hombre. Cámara eran todos hombres. En los 90, empezaron a aparecer más mujeres en la producción y en guión, había más guionistas mujeres, aunque nunca tantas como hombres. Ahora en los rodajes es más igualitario, cada vez más, y la gente está comprometida. En mi último trabajo con Isabel, que lo produjo El Deseo, se notaba el cambio. Poco a poco hay más cine de mujer, aunque parece que deben demostrar más y les cuesta más financiar sus proyectos. Tardará en ser igualitario, pero para eso se lucha.

Hay películas que tienen un impacto en nuestras vidas y nos acompañan siempre, ¿qué convierte para ti a una película en inolvidable?

El guion, la historia. Cuando tú recibes el guion y lo lees, dices “uy, esta…. esta va a ser la película”. A mí me pasó con Blancanieves. Me pareció un peliculón al leerlo, antes de idearla o de rodarla. No me hace gracia leer los guiones porque no tengo paciencia, siempre quiero saber qué pasa al final, pero hay guiones que se leen muy rápido y te atrapan de una manera especial. Con Blancanieves, cogí el guión a las 9 de la noche y hasta que no lo solté, no dormí. Si tienes una historia que cuando la empiezas, no puedes parar de leer hasta el final, ¡ojo!, ahí hay una película.

Personalmente, ¿cuáles son tus inolvidables?

Las tres por las que me han dado un Goya. Tres historias muy diferentes e inolvidables. De pensarlas, trabajarlas, pasarlo bien, mal y bien otra vez. Vivirlas de una manera especial. También De tu ventana a la mía con Paula Ortiz.

¿Alguna anécdota, o recuerdo que te apetezca compartir de esos largos rodajes?

José Luis Cuerda era un director maravilloso. En el rodaje de Los girasoles ciegos nos fuimos a rodar a Galicia, donde José Luis y su familia tenían una finca. Sonia (Grande) y yo, hacíamos las pruebas en Ourense y nos íbamos hasta la finca con los actores vestidos, maquillados y peinados a que lo aprobara José Luis. Si hacíamos tres viajes en la mañana, tres vinos caían… [risas] Sabía trabajar, sabía lo que quería y terminar una jornada era terminar una jornada. Tener un plano hecho era tenerlo hecho, no hacía otro por si acaso. Si lo tenía, lo tenía. Al acabar, nos íbamos al hotel y nos decía “venga, luego os recojo y nos vamos a una marisquería” o cualquier cosa, y así era. Era de esa gente que sabe disfrutar de lo que hace. Se le va a echar mucho de menos, tenía “mucho arte”.

¿Cómo es rodar fuera de casa?

Me gusta mucho rodar fuera de casa, pero hay que preparar mucho material. Cuando me llaman y me preguntan “¿cuántos bultos vas a llevar?”, “no lo sé, ¡14!” [se ríe]. Me gusta llevarlo todo: lo que necesito y lo que puede que vaya a necesitar, porque quizás allí no encuentres esas cosas. Hubo un rodaje en el que me fui 6 meses a Tahití, ¿cómo no me iba a ir con 20 bultos? Estábamos lejos de todo. Me gusta mucho rodar fuera, cuando te vas, se te olvidan todos los problemas. Se te olvida que no funciona la tubería por debajo de la pila, se te olvida no sé qué, se te olvida todo. Para mí un rodaje es una liberación, por eso me gusta tanto mi trabajo. Yo me voy a la aventura, me voy a vivirlo. Me encantaría -aunque no sé si pasará- volver a tener un rodaje con viaje. Porque trabajas en un país extranjero, porque tus colegas son de allí… Es como mejor conoces un país y sus costumbres. He tenido la suerte de viajar mucho rodando pero ¿lo volveré a hacer? Con lo que está pasando… no lo sé.

Una vez inmersa en la película, ¿se consigue desconectar en algún momento?S.I. Yo no sé desconectar hasta que no termina todo, pero tampoco quiero. Cuando desconectas te viene la tristeza porque se ha acabado, te quedas vacía. El trabajo está hecho y te toca esperar a ver cómo va.

¿Y cómo son las vueltas?

Cuando volví de Tahití, no había pintado en mi vida y empecé a pintar. Volví a las 4 de la mañana y tenía jet lag. Empiezas a hacer algo nuevo. El fin de un rodaje es la vuelta a la realidad y estás como “en shock”. Te falta algo, tu equipo, verlos todos los días. Es un cambio brutal y se necesita como una semana de adaptación.

¿Y te pones a pensar en lo siguiente?

Ojalá fuera así mi vida. He tenido parones de dos años, dos años y medio. Y luego hago una película, dos al año. El año pasado trabajé porque hice series, pero no hice ninguna película. Me llamaron para hacer Criminal para Netflix, Narcos -el tiempo que estuvo la serie en España- y El Cid, y ya después dejé a mi equipo para irme a Benidorm. Pero no soy de tener muchos proyectos a la vista.

¿Sigues pensando en el “cuándo me llamarán”?

Sí. Con todos los años que he trabajado sigo con eso ahí, con ese estrés, porque te llaman con cuatro o cinco meses de antelación y sabes que si no tienes una llamada ahora, hasta x mes no vas a trabajar. Me produce mucha angustia. Aunque de repente puede sonar el teléfono un día y tu teoría se acaba y se reanuda todo de nuevo; pero yo eso no me lo quito y no se lo deseo a nadie. La gente suele pensar que vivimos genial y ganamos mucho dinero. Ganamos mucho dinero durante seis semanas de rodaje y una o dos de preproducción si tienes suerte, pero el año tiene 52 semanas. Dependemos de nuestro volumen de trabajo, no sé si se podría regular de otra manera. En fin, me quejo, pero amo lo que hago y no la cambiaría por nada.

¿Que sueño cinematográfico te encantaría cumplir?

Me encantaría hacer una comedia musical con Isabel Coixet, estoy segura de que se le daría muy bien dirigir algo así. En el rodaje le comenté de broma que me debía una comedia musical y se quedó pensándolo… [se ríe] Ojalá le de vueltas y la haga [se ríe]. Me gustaría hacer películas que fuesen un reto. Cuando haces una cosa impresionante para un personaje, tienes que hacer otra más impresionante para el otro, y más impresionante… Me gustan las cosas un poco locas.También me gustaría trabajar con Juan Antonio Bayona, aunque sea de auxiliar de maquillaje, porque me parece un director con una clarividencia importante.

 ¿Si pudieras darle 3 consejos a nuestra lectora que quisiera empezar en el maquillaje para cine qué le dirías?

S.I. Por mucho que hayas estudiado y te hayan enseñado a hacer cosas, lo importante es tu capacidad resolutiva. Si se puede, hay que dar la oportunidad para que la gente participe en rodajes, porque es donde se aprende. Hay que intentar meterse a trabajar aunque sea de meritorio, de auxiliar, aunque no vayas a hacer lo que creías. Ten paciencia y aprende a estar en un rodaje desde la disciplina. Los cortos son una buena preparación, también buscar muchas referencias. Y en cuanto al maquillaje, dejarse un poco de tutoriales, porque el maquillaje no es sólo eso, sino la interpretación de la psicología y el comportamiento del personaje. Paciencia, disciplina y atrevimiento; atreverse a hablar y preguntar. Nunca sabes quién te puede dar la oportunidad.


Por | Rebeca Novo 

Fotografía Sylvie Imbert: Antonio Panizzo