Chavela Vargas: “me voy, les dejo en herencia mi libertad”

Chavela Vargas

Chavela Vargas: la voz libre de la canción Mexicana. 

Tanto se ha dicho y escrito sobre la gran Vargas, que la verdadera Chavela se pierde entre su propia leyenda. Lo que sí sabemos de ella es que su música rompió con los estándares de la canción ranchera, y su vida con los del México conservador de los años 50. Chavela actuó como quiso, dentro y fuera de los escenarios. Hoy se cumplen ocho años de la muerte de un referente de la libertad y de la música mexicana.

Pese a ser una de las más grandes intérpretes de la canción mexicana, ni nació en México ni se llamaba Chavela. Isabel Vargas Lizano nació en Costa Rica en abril de 1919. Ya desde pequeña mostraba unos intereses distintos a los que se podían esperar de una niña en aquella época. No tuvo una infancia fácil: criada en el seno de una familia religiosa, sus padres poco querían saber de ella. Solían ocultarla en casa por su forma peculiar de vestirse, y cuando se divorciaron, la enviaron a vivir con sus tíos.

Chavela Vargas

Poco quedó de aquella Isabel, salvo quizá una espina que más tarde teñiría de dolor toda su música. Sus continuas ansias de libertad la llevaron a huir a México con tan solo 14 años, donde sobrevivió realizando trabajos de todo tipo: de oficinista, limpiando casas, cosiendo, vendiendo. En 1942 se cambió el nombre a Chavela, y comenzó a cantar canciones de Jorge Negrete en emisoras de radio y en un club, intentando hacerse un nombre en el mundo de la música. Pero como ella misma decía, México le enseñó a ser lo que era, no con abrazos, sino a patadas. Lejos de parecerse a los grandes iconos femeninos de la ranchera, a Chavela le tocó luchar, y tuvo que crear su propio hueco en un universo que no tenía sitio para ella.

La Vargas rompió con todos los esquemas de la canción ranchera. Se convirtió en “la más macha entre los machos”, porque pese a aquel México conservador, todo valía sobre un escenario. Cambió las faldas charras por un par de pantalones, y el rojo del carmín por un poncho de igual color. Desnudó a la canción mexicana de todo adorno, de toda fiesta, y la convirtió, con una guitarra y su voz adolorida, en el puro desgarro del alma.

Su estilo único se topó con las letras tristes de José Alfredo Jiménez, creador de obras míticas de la canción ranchera, como “El rey”, “En el último trago”, “Te solté la rienda” o “El jinete”. Los versos de José Alfredo hablaban de desamor y soledad, y Chavela los interpretaba como nadie, con el dolor de quien ha sido malquerida por la vida. Amantes de la música y el tequila, se hicieron pronto compañeros de profesión y de jarana. Y poco a poco, Chavela fue ganando la batalla a los estereotipos de los mariachis.

“No soy política, ni militante de nada. El canto es mi instrumento. Y lo digo cantando”.


Chavela Vargas fue la primera mujer de México que cantó a otra mujer en el escenario. Nunca habló públicamente sobre su homosexualidad, hasta que cumplió ochenta años. Pero tampoco le hizo falta. Su figura y sus canciones eran un referente para el resto de mujeres homosexuales de la estricta sociedad mexicana de los 50 y 60. “La Macorina”, un canto a una mujer cubana de la cual Chavela se enamoró, fue su himno. Llamada realmente María Calvo, fue además la primera mujer en conducir un coche en Cuba. La canción fue vetada en numerosos sitios, por la controvertida frase de “Ponme la mano aquí, Macorina”. Pero esa prohibición hizo que su música y su mensaje se difundieran mucho más, incluso por toda América.

Hacia el final de su vida, la Vargas hablaba sin tapujos sobre las mujeres a las que había amado. Le gustaba recordar que actuó en una fiesta en Acapulco, en la boda de Elizabeth Taylor y Michael Todd, y que amaneció al día siguiente en los brazos de Ava Gardner. Convivió un año con la pintora Frida Kahlo y con su esposo, Diego Rivera. De ella dijo que fue uno de sus grandes amores.

La época dorada de Chavela fue perdiendo su luz con el comienzo de los años setenta. Su afición por el tequila la sumió en un agujero del que le costó doce años salir. Desapareció por completo de la escena musical, hasta tal punto que muchos creyeron en su muerte. Regresó ya sobria en los 90, y comenzó a actuar en el club de dos amigas en Ciudad de México. Allí la descubrió un empresario español, que la fichó para actuar en la sala Caracol de Madrid. Apadrinada por el director de cine Pedro Almodóvar, la Vargas comenzó a resurgir de sus cenizas: actuó en grandes teatros, incluyendo el Olympia de París, el Palacio de Bellas Artes de México o la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde dio su última actuación.

“Me voy. Les dejo de herencia mi libertad, que es lo más preciado del ser humano”.

Chavela Vargas lo vivió y lo cantó todo hasta el final de sus días. Abandonó la vida a la vez que los escenarios, a sus 93 años. Ni su silla de ruedas ni su voz ya rota le impedían seguir llenando los teatros y el corazón de quien la escuchaba. Justo hace ocho años, el 5 de agosto de 2012, le abrió los brazos a la Señora Muerte, como ella llamaba. Nos dejó de legado su música y sus eternas ganas de vivir.


Por |Ohiane Iriarte