Cafeterías donde creaban las escritoras

En el 172 Boulevard Saint-Germain, haciendo esquina con el número 30 de Rue Saint-Benoî y en frente de la lujosa tienda de Louis Vuitton, se levanta una carpa que asemeja la de un circo, con un nombre inscrito en grandes letras y la repetición encima del mismo, adornado con luces de neón, plantas y flores que parecen brotar entre las ventanas del edificio que lo sostiene. Es el parisino Café de Flore, uno de los oasis de inspiración preferidos de los literatos más valorados y uno de los establecimientos menos recónditos de la ciudad.

La reputación que alza en fama a este mágico espacio vuela mucho más que por su tradicional e indiscutible diseño de estilo francés. Tampoco lo hace del todo por su gran y exquisita oferta gastronómica, que alterna deliciosos postres de frambuesa, con ensaladas, sándwiches, piñas troceadas y una amplia variedad de especialidades. Por no hablar de sus cafés, los mayores acompañantes del arte y la literatura del siglo XX. El Café de Floré lo hace sobre todo porque ganó especial fama tras ser confeso santuario de inspiración de personalidades como Bretón, Picasso, Hemingway, Truman Capote o Jean Paul-Sartre.

Entre esta larga lista de nombres masculinos, que podría continuar su enumeración en un largo listado, se distinguía también con asiduidad en sus mesas una mujer que, en más de una ocasión, admitió su devoción por este espacio. Ella fue la filósofa, profesora, escritora y precursora del feminismo literario, Simone de Beauvoir. Arrastrada eso sí, por su pareja Jean Paul-Sartre“Durante cuatro años, los caminos del Flore fueron para mí los caminos de la libertad”, dijo el filósofo-, Simone tenía una mesa fija en su interior. Aunque a veces se disponía a pisar la terraza. Siempre con un bolígrafo en la mano, Simone acompañaba su jornada de libros y hojas. Dicen que este fue el lugar de cocción de su obra más conocida, ‘El segundo sexo’ (1949). Pero este cautivador espacio fue también cómplice y cuna del movimiento existencialista que cobró gran repercusión durante aquella época en el barrio de Saint-Germain -des-Prés.

Y Simone no fue la única en dejarse llevar por la belleza de este lugar. La autora de ‘El amante’ (1984) o ‘Hiroshima, mon amour’ (1967), la novelista Marguerite Duras, es otro de los nombres femeninos que dejaron huella en esta cafetería. A veces sola, a veces acompañada de su amante Yann Andréa, autor de una obra que lleva su nombre y a quién ella misma le había dejado una vivienda en el mismo barrio de la cafetería. Era frecuente verla por esos lares.

Escribir es intentar adivinar que escribiríamos si escribiéramos

Marguerite, al igual que Simone y muchos de los nombres que pisaban sus estancias, también frecuentaba Les Deux Magots. Situado en el mismo barrio, con una estética similar al Café de Floré, pero en el número 6 de Place Saint-Germain des Prés, Les Deux Magots se coronó como otro de los emblemas parisinos de reunión y creación de los literatos del siglo XX. Ambos compitieron en visitas, pero compartieron a su vez una amplia lista de aficionados que tomaban asiento en sus mesas para charlar, compartir opiniones, filosofar o, simplemente, pensar. Algunos incluso, dicen que ahí encontraron el amor. Aunque fuera temporal. Como el de Henriette Theodora -más conocida como Dora Maar- con Pablo Picasso, presentados por el poeta Paul Éluard en 1936.

Cafeterías de inspiración de escritoras

Y aunque era también mítica en el Magots, la escritora de ‘Rosas a crédito’ (1959), Elsa Triolet, en cambio encontró a su compañero de vida, Louis Aragon, en otra de las cafeterías parisinas preferidas por los amantes del saber: El Café la Closerie des Lilas, en el 171 Boulevard du Montparnasse, más frecuentado por autores y artistas del surrealismo.

Que París fue una cuna de creatividad cultural es algo innegable, pero otros puntos del globo terráqueo acogieron también las oficinas más inesperadas de muchos de los nombres femeninos que todavía recordamos hoy.

La poeta y ensayista uruguaya Idea Vilariño frecuentaba el primer café que abrió en Montevideo, el Café Brasilero. Sofía Bassi asistía con frecuencia a la cantina La Ópera en la ciudad de México. La autora de la saga de ‘Harry Potter’, J.K.Rowling, era fan del establecimiento de Edimburgo Elephant House y, otras escritoras españolas como María Zambrano escogieron el romano Antico Café Greco como cuna de sus creaciones, coincidiendo en gusto con otras grandes personalidades, como el dramaturgo Goethe o el pintor Ramón Gaya.

Fue durante sus once años de exilio en Roma cuando visitó el café más antiguo de la ciudad -data de 1760- y cayó ante su embrujo. Pero más cerca todavía, dentro de nuestras fronteras se encuentra otro de los puntos de reunión favoritos: el madrileño Café Comercial de la glorieta de Bilbao. Se reñía en fama con el Café Gijón en Recoletos y fue uno de los favoritos de la poeta Gloria Fuertes. Aunque si hubiera que elegir un bar predilecto para esta autora, este sería, sin lugar a dudas, la taberna Antonio Sánchez, situada en Lavapiés, donde ella escogía siempre la misma mesa, llevaba un libro y un bolígrafo y pedía una flaquita de vino blanco, aceitunas o patatas fritas.

La inspiración, dicen muchos artistas, se encuentra en todas partes. Incluso en las cafeterías. En mitad de un tumulto de gente, entre conversaciones, música o a veces es posible encontrar el pleno silencio.

En el París de Simone y Marguerite, en la Roma de María o en el Madrid de Gloria. Allá a donde nos lleve la mente.