Cruella y la paradoja de la locura femenina

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Soy lo opuesto a una rebelde. Yo encajo mejor -muy a mi pesar- en la categoría de la mujer que sigue las reglas sin rechistar demasiado y que hace lo que se espera de ella por su arraigado deseo de no ser criticada. Ser así me enfada, no lo llevo con orgullo, y es precisamente esta mezcla de miedo y rabia contenida la que me hace una presa fácil de cualquier película que cuente la historia de una mujer que se siente con el derecho de ocupar y reclamar su espacio, de presentarse al mundo sin pedir permiso ni disculpas por ser lo que ella quiere ser, incluso cuando el personaje en cuestión es Cruella de Vil.

El pasado 28 de mayo Disney estrenaba Cruella la película que cuenta la historia de origen de esta personaje que todos conocimos, y odiamos, en Los Ciento y Un Dálmatas (lo que quería hacerles a esos 99 cachorros no es justificable de ningún modo). Ella era la personificación de la maldad porque fue escrita y posteriormente dibujada para ser la antagonista de una historia basada en la importancia y en las virtudes del núcleo familiar. Un antagonista no es otra cosa que una figura que se opone a los valores que promueve el relato y la maldad en este caso tenía forma de mujer mayor soltera, con dinero y una exitosa carrera en la industria de la moda y que tenía tan poco respeto por la idea de la familia -y sus mascotas- que amenazaba con destruirla durante toda la historia. Cruella de Vil, literalmente demonio cruel, era materialista, vanidosa, ingeniosa y estaba loca, obsesionada con la idea de confeccionarse más abrigos de piel que días tiene el invierno.

     Que uno de los rasgos característicos de un personaje femenino sea «estar loca» es tremendamente impreciso, lo cual hace que el estigma se pueda aplicar a un sin fin de causas y comportamientos «indeseados». La locura de Cruella se asocia equivocadamente con su obsesión por secuestrar y despellejar cachorros y este pequeñito detalle ayuda, sí, pero si en los años setenta (la época en la que se basa la película) una mujer mayor se mostrase así de orgullosa y feliz con su vida de soltera también se la tildaría de loca sin necesidad de que tuviese esa inquina por los animales. «Estar loca» (las comillas son muy necesarias) es defender cualquier cosa que la sociedad dicte que como mujer no deberías de querer ser y lamentablemente el abanico de las cosas «prohibidas» era demasiado amplio.

     La mujer que está loca ha sido sinónimo de alguien destructivo al que hay que temer porque es incontrolable e impredecible. ¿Pero de dónde viene este arquetipo? Un arquetipo es un patrón tan interioridad que forma parte de nuestro inconsciente colectivo y el de la mujer loca se solidificó y llegó a su máximo esplendor en la época victoriana, más concretamente debido la novela gótica. El personaje de una mujer tan fuera de sí que era peligrosa para ella misma y para los demás se popularizó y se convirtió en un monstruo más propio de este género pero su peculiaridad residía en que eran encerradas dentro de los muros de sus propias casas, preferentemente en los áticos o desvanes por ser las estancias más apartadas del núcleo doméstico de la casa. A la mujer loca hay que recluirla y aislarla porque tiene una fuerza que no le corresponde (que se lo digan a Mr. Rochester en Jane Eyre y su secreto de tener confinada a su exmujer en el ático de su casa) o convertirla en villana para educar al resto de mujeres y  transmitir el mensaje a la sociedad en general de que las actitudes insubordinadas en el género femenino no son deseadas. Reducirlas a un estereotipo es la herramienta perfecta para deshumanizarlas y así hacerlas monstruosas pero en el fondo es una fina línea la que separa a este personaje marginado de ser una heroína rebelde en su propia historia. Emma Bovary y Anna Karenina son también personajes femeninos incomprendidos cuyas pasiones eran demasiado para la época, mujeres que no encajaban en el rígido molde que la sociedad confeccionaba para el género femenino y cuyo inconformismo dirigió sus vidas, pero a ellas pudimos escucharlas y así oír sus quejas y empatizar con su rabia y frustración. Está claro que en estos casos seguimos hablando del XIX y permitir que estos personajes tuvieran un final feliz hubiese significado correr el riesgo de que inspirasen a otras mujeres a hacerle frente a lo que se esperaba de ellas, y esta era una amenaza que no interesaba alentar pero por lo menos al convertirlas en las protagonistas de sus novelas se les dio voz a sus problemas.

     Dando voz a su villana es como Disney ha trasformado a Cruella en la heroína de su película homónima basada en este famoso personaje. Y su locura es el eje central de esta transformación. La rabia y la incomprensión que acompañan a la locura femenina y que tradicionalmente se nos ha enseñado a temer y/o reprimir son las mismas emociones que alimentan la rebeldía de una revolucionaria que no está dispuesta a callarse para agradar a nadie. La locura femenina representa el poder de elegir qué mujer quieres ser y llevarlo a cabo mientras te apropias orgullosa de todas las críticas de aquellos a los que les gustaría que encerrarnos en los áticos de sus casas todavía fuese una opción.


 Cristina Blanco @crisblnco