“El amor no lo es todo”, según Edna St. Vincent

Edna St Vincent

 

“El amor no lo es todo”, según Edna St. Vincent

Parte III: El amor no lo es todo, según Edna St. Vincent 

 

El amor no lo es todo: no es comida ni bebida
Ni sueño ni un techo sobre tu cabeza contra la lluvia;
Ni una tabla que flota para los hombres que se hunden
Y se alzan y se hunden y se alzan y vuelven a hundirse;
El amor no puede llenar de aire el pulmón herido
Ni limpiar la sangre ni soldar el hueso partido;
Aun así, en este instante en que te hablo
Muchos hombres se acercan a la muerte sólo por falta de amor.
Podría ser que en un momento difícil,
Atrapada en el dolor y suplicando ser liberada
O llevada por la necesidad más allá del poder de mi voluntad,
Vendiese yo tu amor por un poco de paz,
O cambiara la memoria de esta noche por comida.
Podría ser. Pero no creo que lo hiciera. 

 

El amor no lo es todo sentencia Edna St. Vincent (Maine, 1892- Nueva York, 1950)  en ese primer verso una idea con la que ya estamos familiarizadas, como un mandamiento más para el autoestima. Esas seis palabras han perdido íntegramente lo que poseían de carácter inusitado. Un mantra ya repetitivo que entonamos mecánicamente para reconfortarnos en noches de insomnio, tras ghostings indeseados o celos sin razón. 

Sin embargo, para Edna St. Vincent, poeta lírica, dramaturga, independiente y mujer- todo ello en un contexto de 1900- no era algo tan cándido de escribir. Nacida en Rockland, Maine en 1892 e hija de madre soltera, buscó la poesía (o la poesía la encontró a ella) cuando era sólo una niña. El pasar a la historia como una de las primeras mujeres galardonadas con un Premio Pulitzer de Poesía por su Balada de la hilandera del arpa, todavía le sonaba extranjero. En el colegio, tenía la costumbre de desafiar hasta a su nombre,  refiriéndose a sí misma como “Vincent”, en masculino. Su relación con el amor era igual de contradictoria. Lo rechazaba y deseaba como ninguna. Quería nutrirse de él, volcarlo en arte para después despegarlo de sí misma y así  no ahogarse.

“El amor no lo es todo: no es comida ni bebida
Ni sueño ni un techo sobre tu cabeza contra la lluvia;
Ni una tabla que flota para los hombres que se hunden
Y se alzan y se hunden y se alzan y vuelven a hundirse;
El amor no puede llenar de aire el pulmón herido
Ni limpiar la sangre ni soldar el hueso partido;
Aun así, en este instante en que te hablo
Muchos hombres se acercan a la muerte sólo por falta de amor.”

En la época actual Edna St. Vincent Millay podría ser descrita como abiertamente bisexual y poliamorosa. Rompió algún que otro corazón, entre ellos el de la escritora de culto Djuna Barnes autora del libro de culto Nightwood. A los veinte años, poco después de escribir esas hermosas cartas de amor a la actriz británica de cine mudo Edith Wynne Matthison, Millay se enamoró del poeta, dramaturgo y estudioso del arte japonés Arthur Davidson Ficke y se embarcaron en un romance epistolar de una década de duración de una intensidad estimulante.

Pero bajo cualquier etiqueta se encuentra la desnuda verdad: su extraordinaria potencia poética por ilimitada capacidad de amar y.Una capacidad tan infinita que sólo sabía hacerlo intensamente. Sus poemas brillan cuando reflexionan sobre el anhelo de rebelarse contra el espacio limitado concedido a las voces femeninas literatura y en vida: “aprendieron sus manos un cuento de hadas / y su boca una tarjeta que nunca pertenecerá a su amado / porque ella no fue hecha para ningún hombre” confiesa en Bruja-Esposa La que fue llamada “la poeta más grande desde Safo” por Harriet Monroequedó fue también eclipsada por la vehemencia de su propia vida, y el malditismo de  mujer escritora con final acompasado por morfina y alcohol.

Edna vivía como escribía, no sabía expresar las vicisitudes del alma con melancolía pasiva.  Su rebeldía y claridad expresiva se percibe la totalidad de sus poemas, recogidos en España en la antología Un palacio en la arena (Harpo, 2018). Su vida acompasaba su obra mientras cenaba con Brancusi en París o posaba para Man Ray. No sólo en su poesía, su guerra entre lógica y sentimiento impregna las cartas que escribió al artista Arthur Davidson Ficke, con quien se embarcó en un romance epistolar de más de una década de duración. “Debo escribirte, o pensarás que no recibí tus cartas. Pero cuando empiezo a escribirte, lo único que se me ocurre decirte es… ¿Por qué no estás aquí? Oh, ¿por qué no estás aquí? ” desbordaba pasionalmente la poeta. 

“No somos niños, ni tontos, estamos locos. Y nosotros, más que nadie, deberíamos ser capaces de hacer bien las locuras.

  Y si ambos estamos angustiados por no perderse en alguna locura, entonces estamos más profundamente atados de lo que cualquier locura puede deshacer.”

No sé casó con Davidson, tampoco con el editor de Vanity Fair, Edmun Wilson, quien vaticinó que la escritora “moriría de éxito”. St. Vincent dio el sí quiero al businessman alemán Eugen Boissevan, quien comprendía y apoyaba sus valores liberales además de su carismático talento. Veintiséis años de matrimonio abierto, tanto Millay como Boissevain tuvieron relaciones frecuentes con otras personas pero mantuvieron un profundo amor por el otro hasta que la muerte los separó, con un año de diferencia.

Según el novelista Thomas Hardy, lo mejor que tenía América eran los rascacielos y a Edna St. Vincent. Su vida no transcurrió en la penumbra, como otras mujeres escritoras. Más bien disfrutó de los privilegios de ser amada entre los socialites de los años 20.  Los círculos intelectuales neoyorkinos y europeos siempre la adoraron, como a una Jay Gatbsy femenina. Aun así, cuenta su biografía Belleza Salvaje (2002, Random House) que a finales de su carrera la edad asomaba, solía quedarse en su estudio mientras su marido entretenía a los invitados de la noche. Si alguno lograba avistarla, sera sorprendida con lágrimas en los ojos porque los jóvenes ya no se enamoraban de ella y sentía que su vida había perdido el rumbo. Su talento se había esfumado. Lloraba porque creía no ser querida, cuando era ella su propio verdugo.

“El amor no da vida, ni la llena, ni la sana”, versaba. La tinta, a menudo, al descompás de sus latidos. Poemas como declaraciones de intenciones, como un sólido propósito de año nuevo, pero con una conclusión: si te encontraras hambrienta, suplicando un trozo de pan, no intercambiarías el amor por migajas. No lo vendía por paz en un trueque en el que, vencedora, hubiera ganado calma y sosiego. Ante el paso del implacable tiempo, St.  Vincent se autoconvencía en un desahogo de morfina y ron. Cuando creías Edna que ya no valías, que habían dejado de amarte, a pesar de que  nunca dejaron de hacerlo.


Este artículo integra la serie El amar en los tiempos del cólera, en la que su autora se plantea cómo amar (y si es posible hacerlo) actualmente,  apoyándose  en la mirada de otros artistas  además de en la suya propia.

Por : Raquel Bada 

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