“Querido señor Rossellini”: la carta de Ingrid Bergman que dio la vuelta al mundo

Ingrid Bergman

Firme, estatuaria, ambiciosa y arrolladora. Decían que Ingrid Bergman tenía un carácter de esos que traspasan la pantalla, pero que también hacen temblar en el set de rodaje. 

Desafió las normas, irrumpió su fama temporalmente en Hollywood para cambiar de vida y comenzar un nuevo y atrevido camino en Italia, alejada del puritanismo y la censura contra la que ella siempre había luchado en la edad de oro del cine estadounidense. 

Ser Ingrid Bergman era algo que solo Ingrid Bergman era capaz de hacer. Rechazaba propuestas, se negaba a cambiar su imagen y tampoco aceptaba hacerse llamar por seudónimos. 

La sueca cerró las puertas a cánones: ni quería ser solo la temida femme fatale ni continuar interpretando siempre a la campesina buena. Bergman quería ser la villana, pero también la inocente. Quería ser la seductora, pero también la seducida. Bergman quería serlo todo. Era estática, ambivalente y tenía sus ideas tan claras que, en un sector que estaba poco acostumbrado a la transparencia, fue tildada de arrogante. Y aunque puede que Bergman no fuera la más modesta -”siempre supe que sería famosa”, llegó a decir- lo cierto es que su naturalidad escondía tras de sí una mujer tímida que solo entregaba su confianza a quiénes mejor la conocían.

Ingrid Bergman

Vivía para el trabajo desde incluso antes de trabajar. También era fantasiosa. En su infancia creció rodeada de personajes que ella misma se inventaba y que, en sus propias palabras, éstos fueron su salvación, su cura particular. Imaginaba historias, las hacía suyas y vivía también en un mundo paralelo en el que esas creaciones de su mente le servían de puente hacia la evasión más plena de la realidad.

Su madre falleció cuando ella tenía tan solo tres años. Y su padre, cuando ella era adolescente, a los trece.Confesó en alguna ocasión que el mayor deseo de él era que ella se dedicara a la ópera, pero se quedó encandilada del teatro tras presenciar una obra y se dio cuenta de que lo suyo no era cantar, sino interpretar. Porque cuando no lo hacía sentía que el tiempo no existía, que lo estaba perdiendo. 

Vivía por y para. Empeñó su vida a su carrera de actriz, desempeñó papeles por los que siempre será recordada como uno de los emblemas del séptimo arte y, tras alcanzar el estrellato con Casablanca (1943) y consolidarse como una de las intérpretes de Hollywood más valoradas, de estar en lo más alto, bajó al precipicio. 

El problema de Ingrid Bergman era que sólo quería hacer obras maestras”

Alfred Hitchcock

No estaba siendo por entonces el mejor momento de sus películas, que ya no estaban alcanzando el éxito que ella pretendía. Era y siempre quiso ser sublime. Era y siempre quiso participar en proyectos sublimes.

Así que cambió de vida. En este momento Bergman tomó coraje e hizo frente a las producciones estadounidenses, cansada de sus pautas y censuras, para instalarse en un nuevo país: Italia. 

Desafió cualquier regla, se las riñó con su familia -tenía una hija y estaba casada con el neurólogo Peter Lindström– y, vaticinando lo que le podría pasar tanto a nivel profesional como personal, decidió bajar peldaños para seguir su instinto. 

En Hollywood cada vez que me despeinaba venía alguien a peinarme. Hasta las escenas de las batallas eran bellas, pero no en el buen sentido”

En ese momento de tirantez profesional y también tras sufrir un bache emocional con su pareja, la actriz vio en pantalla algunas de las producciones de Roberto Rossellini y fue cuando, sin saberlo, comenzaría a vivir lo que sería uno de los mayores escándalos del siglo XX.

Las historias europeas y reales de las películas del italiano fueron precisamente el reclamo que Bergman pedía a Hollywood. Cansada de personajes ideales, guiones estrictamente estudiados e historias que no le representaban, decidió darle una oportunidad a Rossellini. Porque sí. Fiel a su escasa modestia, no imaginaba que un director de producciones con menor dimensión a las que estaba acostumbrada llegara a atreverse jamás a escribirle a una gran actriz del cine hollywoodiense para pedirle que fuera parte de su reparto. Así que tomó la iniciativa, dio un paso al frente y, sin inocencia alguna, rompió cualquier molde femenino de los años del conflicto y la posguerra y le escribió una carta al director italiano:

“Querido señor Rossellini: He visto sus dos filmes, Roma, ciudad abierta y Paisà, que me han gustado mucho. Si necesita una actriz sueca, que habla el inglés perfectamente, que no ha olvidado el alemán, a quien apenas se entiende en francés y que del italiano solo sabe decir “Ti amo”, estoy dispuesta a acudir para hacer una película con usted.

Ingrid Bergman”

Obsesiva hasta conseguir sus objetivos, el escrito de la actriz inmediatamente recibió una afirmación como respuesta y, sin pensarlo, Bergman abandonó Estados Unidos para instalarse en Italia y comenzar a vivir una de las historias que le señalarían de por vida.

 Acabo de recibir con gran emoción su carta que, por coincidir con mi cumpleaños, se ha convertido en el regalo más precioso. Ciertamente he soñado en rodar una película con usted y desde este momento me esforzaré en que sea posible. Le escribo una larga carta comunicándole mis ideas. Con mi admiración acepte, por favor, mi gratitud y mis cordiales saludos”.

Ella, que lo tenía, aparentemente, casi todo -marido, una hija y fama en el séptimo arte- se mudó sola a Italia en 1949 para rodar Stromboli, una de las obras de Rossellini. Los guiones del director eran como la personalidad del mismo: resúmenes que dejaban paso a la improvisación, aventureros y alejados de estrictas pautas a seguir.

“En Italia nada era fácil. Uno lo tiene que hacer todo, no como en Hollywood que te lo regalan”

Pero lo que probablemente no se imaginaría Ingrid era que precisamente ese carácter optimista de Rossellini y ese ingenio para traspasar las pantallas con historias reales la llevarían a vivir una suya propia en la que el amor fuera el protagonista. 

Ingrid Bergman y Roberto Rossellini

Director y actriz se enamoraron y se lanzaron a vivir una relación que nunca estuvo exenta de críticas. Ambos estaban casados por entonces. Ella tenía una hija, él tenía otra y todavía era amante de Anna Magnani.

El romance fue noticia de primera plana durante meses e incluso años. Nadie imaginaba que la actriz que interpretaba los papeles sufridos y los dramas románticos de Hollywood tuviera una relación adúltera. Pero Bergman volvió a no hacer caso a nadie, continuó su relación con el director y despertó a todos los medios de comunicación de la puritana sociedad estadounidense confirmando un embarazo. El auténtico alboroto. 

También Rossellini despertaba la batalla en una Italia muy católica, siendo también objeto de discordia. Tan criticados fueron que sus películas comenzaron a caer en picado, las cartas de un público ávido fueron terriblemente destructivas, la iglesia católica y luterana desaprobó su relación y, hasta un representante de Colorado denunció a Bergman ante el Senado de los Estados Unidos considerándola “una poderosa influencia maligna” y solicitando su título de “persona non-grata”.

Italia fue una forma maravillosa de escapar de todo lo que yo quería escapar”

El hijo de Rossellini y Bergman nació y una semana más tarde de su bienvenida, ambos se divorciaron de sus anteriores matrimonios para celebrar el suyo en 1950, tras una larga y dura batalla legal.

Pero ambos seguían sin ser aclamados por la crítica ni queridos por la sociedad. Sus películas caían cada vez más en picado y la situación económica de la pareja hizo que entre ellos comenzara a nacer una tensión que hasta el momento no había existido. Tras muchas conversaciones de por medio y fruto de la impotencia y el perfeccionismo que ella siempre había mostrado en su trabajo, rodó una película en Francia, con Renoir,  Elena y los hombres (1956).

Fue durante este rodaje el momento en el que Rossellini viajó a la India, dicen que con una amante, y fue también el momento en el que el matrimonio decidió separarse. Comenzaría así una nueva oportunidad para la actriz que encontró en Anastasia, de Anatole Litvak, el salto que le devolvería la fama. Su resurrección. Su nombre, de nuevo, en la lista de actrices célebres en norteamérica

Bergman nunca mostró arrepentimiento por vivir la vida que ella siempre quiso vivir. El set de rodaje era de su familia. El trabajo era su vida. Y con Rossellini lo había tenido todo en un mismo lugar, pero terminada la relación un nuevo hombre apareció en su camino:el productor, director y editor de teatro sueco Lars Reinhold Schmidt. Y una vez más la historia se repetiría siendo él el que, tras 12 años de matrimonio, encontraría una amante que daría lugar, de nuevo, a otra separación.

Pero aunque Bergman sufrió, nunca sufriría tanto como por su trabajo. Continuó su camino en solitario, se mudó a Londres y siguió dedicándose a la interpretación hasta que, un cáncer de mama, la despidió de la vida.

Nunca fue una diva gélida y glacial, sino más bien una luz arrolladora, moderna y libertaria. Un alma que persiguió siempre su sueño hasta alcanzarlo. Una persona que encontró en la cámara su mayor cobijo.