Patricia Highsmith o el misterio como identidad

Patricia Highsmith

Hay algo fascinante en lo desconocido. Cuando el temor invade una mente se produce una relación de causa y efecto que deriva en el morbo hacia lo ajeno. Una especie de miedo que infunde el misterio. Esa misma incertidumbre que te hace salir de tu habitación cuando escuchas un ruido para buscar lo que no conoces y que es la misma que, antes de dar el primer paso y abrir la puerta de tu cuarto, te hace coger cualquier objeto como arma de protección. Como si por ser valientes fuéramos al mismo tiempo cobardes. Y quién diga que la incomodidad de la truculencia de determinadas situaciones no le genera curiosidad probablemente no conozca a Patricia Highsmith (1921, Texas). Porque ella, en sí misma, era el enigma en su definición más pura y precisa.

Decía la escritora texana que escribir sobre delincuentes podría ser consecuencia de algún impulso criminal grave y reprimido. Alguna clase de sigilo psicológico que albergara ella misma en su interior. Porque escribir sobre delincuencia y criminalidad, escribió. Y mucho. Su primer cuento , La Heroína, se publicó en 1945 en la editorial americana de Harper’s Bazaar. Fue a partir de entonces cuando dio rienda suelta a su imaginación y publicó más de treinta novelas y ocho colecciones de cuentos que la llevaron a ser ganadora de diferentes galardones, como el Premio O.Henry, el Gran Premio de Literatura Policíaca, el Silver Dagger, el Gran Premio de Humor Negro y, hasta el Caballero de la Orden de las Artes y las Letras del Ministerio de Cultura de Francia

Sí, Patricia Highsmith trató como nadie antes el misterio. Porque si bien otras autoras best seller como Agatha Christie ya lo habían hecho, Highsmith encontró un espacio de distinción absoluta en el que, la violencia y el impacto de la soledad fueron los temas que asentaron las bases del confort de sus historias. 

Exploró la psicología humana, se rindió ante la tragedia y dejó en manos de la vida cotidiana tramas que evidenciaban que no existe corazón libre de evitar manchas oscuras. Para Highsmith nadie estaba exento de ser pecador. Que, además, cualquier persona podía ser un delincuente era algo que le gustaba evidenciar y que cualquier tiempo y contexto eran adecuados para cometer un crimen una afirmación que no dejaba de recordar. Pero conocer a Highsmith, más allá de su obra fue algo que nunca se erigió como tarea sencilla. Cimentó las bases de la novela criminal sin dejar penetrar en su, decían, misteriosa personalidad.

Mi imaginación funciona mejor cuando no tengo que hablar con la gente”

Hay quien afirmó que era distante y maleducada, quien en cambio la tachó de reservada y, ella misma confesó ser antisemita, misógina, y, paradójicamente, homosexual. Lo hizo en en sus diarios completos, una recopilación de 56 cuadernos que encontraron su editora, Anna von Plata y su compañero de profesión, Daniel Keel. Highsmith los guardaba en su armario de ropa, entre las sábanas y toallas. Ahora estos diarios serán publicados por la editorial Anagrama a lo largo de este 2021.

Su personalidad ni siquiera será revelada al completo con esta publicación, pero gracias a algunas entrevistas podemos vislumbrar parte de sus recónditas intimidades. Sabemos que si tuviera que haber elegido entre personas y animales, el segundo grupo sería su apuesta. Sabemos también que los gatos ocupaban su trono y que tenía, por compañía, caracoles.

Tal vez lleve dentro de mí un impulso criminal grave y reprimido, pues de lo contrario no me interesarían tanto los delincuentes o no escribiría sobre ellos tan a menudo”

Patricia Highsmith cautivó al cine

El precio de la sal, o Carol

Porque lo dicen y lo decimos: Patricia Highsmith podría haber sido perfectamente uno de los personajes de sus obras. Ella se obsesionaba tanto con sus protagonistas que llegaba incluso a empatizar con sus historias, sintiéndolas como capítulos de su vida. Eso fue lo que le sucedió, por ejemplo, con El precio de la sal (1952), reimpresa más tarde bajo el conocido nombre de Carol, una de sus obras cuya poderosa atracción cautivó en 2015 a Todd Haynes, que la llevó a la gran pantalla de la mano de Cate Blanchett como protagonista. Pero esta novela de amor entre mujeres, que en un principio firmó bajo el seudónimo de Claire Morgan, tan solo fue una de las muchas historias que cautivaron a grandes directores de cine.

Mr. Ripley, su personaje estrella

La saga de Ripley fue su mayor sello de identidad. El talento de Mr. Ripley fue, sin duda, la historia de Highsmith que más conmocionó a los lectores y espectadores ya que a través de la dirección del director Anthony Minghella, fue llevada a pantalla en 1999. Y su protagonista, Tom Ripley, se convirtió en uno de los antihéroes más afamados de la industria policíaca de ficción. Tanto fue así que, a esta primera novela le siguieron otras cuatro: La máscara de Ripley (1970), El juego de Ripley (1974), Tras los pasos de Ripley (1980) y Ripley en peligro (1991).

El papel de Tom Ripley, además de Minghella, también lo adaptaron y llevaron al cine otros cineastas. René Clément lo hizo en ‘A pleno sol’ (1990), Win Wenders en ‘El amigo americano’ (1977), Liliana Cavani en ‘El juego de Ripley’ (2001) y  Roger Spottiswoode en ‘Mr.Ripley: el regreso’ (2005).

De Highsmith a Hitchcock

Pocas personas saben que tras todos estos títulos se encuentra Highsmith. Pero lo cierto es que incluso, dos décadas antes de que Ripley estuviera en las pantallas, Hitchcock ya se había dejado llevar por la literatura de la escritora y adaptó una de sus obras maestras: Extraños en un tren, obra que se publicó en 1950 y que tan solo un año más tarde el director reinterpretó en película. También esta misma obra fue rescatada por Robert Sparr que en la película ‘No beses a un extraño’ (1969) recuperó la historia.

También otras obras como El cuchillo (1954) o El grito de la lechuza (1987), fueron trasladas a pantalla por los directores Claude Auntant-Lara y Claude Chabrol respectivamente.

Brindo por todo los demonios, por las lujurias, pasiones, avaricias, envidias, amores, odios, extraños deseos, enemigos reales e irreales, por el ejército de recuerdos contra el que lucho: que no me den descanso”

Patricia Highsmith nunca llegó a saber la magnitud que sus obras habían recogido entre la crítica. Puede que no se lo esperara jamás. O puede que sí. Desde pequeña mantuvo una relación tormentosa con sus padres, quienes ya estaban divorciados cuando ella nació. Fue una lectora incansable y siempre se interesó por la soledad, los crímenes, las enfermedades mentales y el sentimiento de culpa. Escribió en 1935 su primer relato, en 1937 grandes volúmenes y en 1942 se graduó de sus estudios de literatura inglesa, latín y griego en el neoyorquino Barnard College. Tras trabajar en editoriales de cómics, entró como colaboradora en Harper’s Bazaar, lo que fue tan solo el inicio de su trayectoria.

La escritora fue alabada en el sector literario. Se definía como optimista, pero fue la visión pesimista de la vida y las complicaciones mentales de los personajes de sus obras los que cautivaron, sobre todo, a los lectores europeos. Puede que esta fuera la razón por la que decidió cruzar el charco y mudarse al continente en 1963. 

Nació el 19 de enero en Texas y fue mudándose por diferentes lugares como Nueva York, Reino Unido y Francia. En 1995 falleció por anemia aplásica y cáncer en un hospital de la ciudad de Locarno en Suiza.


 

Por | Paula Martins