Susan Sontag: cinco ideas para entender a la intelectual

Susan Sontag

Susan Sontag: cinco ideas para entender a la intelectual

Con motivo de la publicación en España de la biografía ‘Susan Sontag: vida y obra’, galardonada con el Premio Pulitzer 2020 y el fallecimiento de la autora, resumimos algunos pensamientos de la  intelectual. 

Puede que si Susan Sontag no se hubiera mudado a Nueva York en los años 60, hubiera vivido como la chica de provincia que era o insistía en recalcar:  criada en Tucson, educada en la Universidad de Chicago y casada con el académico Philip Rieff, padre de su único hijo. Pero el matrimonio duró ocho años y luego llegó a Manhattan, su verdadero amor junto a su irrefutable sueño: escribir para el Partisan Review y ser leída por 5.000 personas. Lo consiguió. La ya icónica ensayista y escritora fallecida en 2004, intrigó, violentó y sacudió a la sociedad intelectual americana. Precoz desde niña, a los seis años insistía en publicar su primer libro y leía a Thomas Mann. A los 15 el  instituto se le quedaba pequeño, se graduó prematuramente y ya estaba lista para pasar a otra cosa.

Sontag escribía de forma catártica, era una forense de las ideas y de la estética. Trasladaba lo que había ante sus ojos –una fotografía, un poster de Marilyn Monroe, un llanto- al mundo de las ideas. “Susan vivía en la mente”, cuenta su biógrafo oficial Benjamin Moser en su libro Sontag: Vida y obra que publica Anagrama y que le  valió a su autor el Premio Pullitzer este año. Moser sabe ver a la pensadora más allá del mito y señala los conflictos y consecuencias de pasar demasiado tiempo en la teoría y un poco menos en la piel. Si consiguió o no comprenderse a ella misma alguna vez es la pregunta que planea entre las páginas.

Sabemos que la mente de Sontag era inabarcable, tanto que hasta quemaba sus ensayos si los consideraba obsoletos. “La finalidad es cuestionarse todo, incluso a una misma, constantemente”. En la publicación de su primera colección de ensayos Contra la Interpretación se debatía sin condescendencia alguna entre las Supremes y Simone Weil. Todo lo percibía con ojos de asombro y lo diseccionaba hasta su esqueleto original. Tanto, que no sabemos si muchas de sus preguntas sobrevivirían hoy a nuestra cancelled-culture. Lo políticamente correcto no le interesaba y eso le valió y la admiración y el reconocimiento por hacer del pensar algo excitante.

Escribir la desexualizaba, la obligaba a comer mal y poco y a dormir lo menos posible. Nunca de una forma malditista, sólo porque así lo decidía. Quería que toda su energía fuera a parar al papel: “Es la clase de escritora que soy”. Su mente funcionaba a saltos. Era partidaria de una erótica del arte y del placer del texto. Desear y pensar eran lo mismo. Las guerras, la libertad, las civilizaciones, el consumismo, el sufrimiento, la violencia, el conflicto, el arte, la literatura, la fotografía, la inteligencia intelectual y emocional, siempre con su estilo, medido, sereno, austero, con exquisitez y buen gusto. “Yo escribo para cambiarme a mí misma y así, una vez que he escrito sobre algo, no tener que volver a pensar en ello”. Resumimos algunas de ellas respecto a los temas que más trató en su obra y desgranamos algunas de sus conclusiones para poder entenderla y sentirnos cercanas a su inteligencia. 

Sobre la belleza: 

 “No está mal ser bella. Sí tener la obligación de serlo”.  

Todos los análisis de Sontag tenían como foco la estética y, por ende, la belleza. ¿Qué es algo bello? ¿un sino, una bendición?. Sopesó sobre el valor de la belleza en torno a la mujer en dos frenéticos ensayos para Vogue en 1975: “La belleza es una forma de poder, pero la única vía por la que durante años se apremió a seguir a la mujer. Sin embargo, la belleza va más allá de lo físico, es profunda, no superficial; oculta, a veces, más que obvia; consoladora, no problemática; indestructible, como en el arte, más que efímera, como en la naturaleza. La belleza, el tipo de elevación estipulada, perdura.  Porque el ideal de belleza es administrado como una forma de auto opresión. Las mujeres son educadas para ver sus cuerpos en partes, y para evaluar cada parte de forma separada. Senos, pies, caderas, cintura, cuello, ojos, cutis, cabello, y así—cada uno es sometido a menudo a un irritable y desesperado escrutinio. Incluso si algunos pasan la prueba, siempre serán encontrados defectuosos. La perfección”.

También señaló el fragmento como la forma artística más bella de nuestra época, la que permite expresar de forma más verdadera, romántica y auténtica. La síntesis, lo inacabado, la fugacidad. Tenía la impresión de que la Venus de Milo no hubiera sido tan famosa si hubiera tenido brazos. Explicaba que nuestra forma de pensar no suele ser lineal, y es por ello que apreciamos la belleza de las ruinas, la información fragmentada o de aquello que forma  parte de un todo.

 Sobre el amor: 

 “Para poder escribir sobre el amor hace falta coraje”.

¿Qué amaba Sontag? Sabemos que admiraba a Stendhal, Borges – le escribió una carta romántica tras su muerte – los desayunos sin salir de la cama, las cenas poéticas en la Bienal de Venecia, hablar en francés y los viajes con su hijo, el activista político David Riff. También a Annie Leibovitz, con quien compartió apartamento y vida. Más allá de eso poco se atrevió a confesar. El amor, ese sujeto que se resistía a su pluma, le daba vergüenza, casi temor. Escribió largo y tendido sobre la enfermedad, pero con el amor frenaba en seco. Le incomodaba, era abrirse demasiado y le impedía  resguardarse tras el traje de intelectual. Aunque lo analizara fríamente sentía que el público podría intuir a la verdadera Susan.

Nunca teorizó sobre sexualidad y sentimientos – algo en lo que Moser hace hincapié – pero deseaba dejarse llevar por la indiscreción. “No es sencillo ser capaz de amar tranquilamente, actuar con valor, eso es lo que yo desearía, pero es muy difícil.” Enamorarse implica salir muy probablemente con el corazón roto.

Sobre el feminismo

 “No he conocido mujer inteligente o independiente o apasionada que de niña no haya deseado ser un hombre, ser miembro del sexo que parece tener más libertad”.

Lo que opinaba la reivindicada icono feminista queda en ocasiones en segundo plano cuando se la reclama, pero la escritora dialogó largo y tendido sobre el lugar de la mujer en la cultura y en casa.  Simone de Beauvoir le parecía fabulosa y aunque El segundo sexo era en su opinión el mejor libro feminista, discrepaba de la mayor parte del tomo. Cualquier adicta a la periodista sabe que la contradicción es parte de su brillantez.

Aunque huía de etiquetas, se definía como antisegregacionista y aunque apoyaba la existencia de colectivos, para ella eso sólo suponía la mitad del camino. Sugería que reducir algo tan amplio a ismos podría resultar conflictivo a largo plazo. Eso sí, si los hombres fueran más femeninos y las mujeres más masculinas, nuestro mundo sería para ella, mucho más atractivo. Desafiaba los estereotipos masculino/femenino que inducen a vivir vidas limitadas y se inclinaba más por los condicionantes culturales que en los de género que biológicos, pero seguía cuestionándose las bases de ambos roles en la sociedad. Sontag creía que las mujeres debían enorgullecerse e identificarse con aquellas que hacían o lograban algo de un nivel excelencia muy alto, en vez de criticarlas si no transmitían un sentido femenino de la sensualidad.

Sobre la moda 

“Hablar de estilo es una forma de hablar de la totalidad de una obra de arte”.

El nombre de Susan Sontag apareció entre los más buscados de Google cuando un término inteligible abrumó a los insiders. El concepto era el “Camp” y toda la gala MET del 2019 giró en torno a ese espíritu que no todos conocían. Los fundamentos como no, los expuso Susan en su ensayo Notas sobre el Camp de 1964  que descongeló a Anna Wintour.

El camp “es una mujer que camina con un vestido hecho de tres millones de plumas. Es extravagancia, exageración, provocación y arte”. En vida, Sontag controló su imagen y siempre vestía con su seña de identidad: clásica y elegante pero como recién levantada. Esto fluía a través de su estilo personal tanto como su escritura. Se inclinaba por lo clásico – pantalones de cigarrillo, camisas de cuello, calcetines y tejidos básicos – aunque jugando con accesorios como una chaqueta de cuero, gafas de sol triangulares y abrigos estructurados. También optó por la belleza mínima sin aparentemente ni un punto de maquillaje, y en los últimos años,  optó por no ocultar  que su pelo castaño se había transformado en gris platino.

Sobre la fotografía: 

“Preferimos lo fotografiado a lo real”.

Probablemente el libro más asociado a la de Chicago es su ensayo de textos recogidos en Sobre la fotografía. Como firme obsesiva asteta, dedicó una serie de ensayos aparecidos en la revista New York Review of Books entre 1973 y 1977,al impacto y función de la fotografía en el siglo XX. Más que ningún otro arte, es objeto de su escrutinio moral.

Sontag se apoya en las teorías de Feuerbach para confirmar que preferimos lo fotografiado a lo real sin haber siquiera experimentado que no llegó a vivir la realidad aspiracional de las redes sociales. La fotografía actúa como la nueva autoridad en la sociedad moderna, una forma de obtener y de posesión. Cuando algo es captado por la cámara, se convierte en parte de nuestro sistema de creencias. Implica que podemos ver algo antes que experimentarlo – si es que alguna vez llegamos a pisar esos zapatos-. Congela la realidad y tenemos por un momento la falsa sensación de poseerla. Sontag no entra en la comparación y la ansiedad que puede provocar la visión constante de lo inobtenible, pero sí implica que en el momento en el que el flash se dispara, como el mejor vudú, se lleva algo de nuestra alma.


Por | Raquel Bada